domingo, 9 de diciembre de 2012
Esto de verdad pasó?
Hoy, por primera vez en muchos años, pasó en mi vida algo tan inverosímil y maravilloso como lo que pasa en mis sueños, al grado de que no me lo puedo creer. Sin embargo, a pesar de ello, me siento triste. Es la parte mas onírica del asunto. Soy un personaje de comedia. Tengo un vicio, me meto en problemas por él, y luego cuando trato de salirme únicamente empeoro la situación, y sufro por ello. Quisiera poder distinguir mejor las circunstancias propicias para abrir mi bocota (y, sobre todo, las palabras que salen de ella), ése es el meollo del asunto. Por lo menos me queda el consuelo de haber expresado mi deseo y semi-obtenido lo que quería. Aunque temo que las consecuencias esta vez puedan ser desastrosas. Otra vez me quedo con la amarga sensación de haber hablado de mas y, lo que es peor, deseado de más.
martes, 4 de septiembre de 2012
Gallos del Comercio.
Ahora tengo la sana costumbre de despertarme a las 7am para trabajar en mi tesis. Pero hoy no lo conseguí. Dormí dos horas más y eso me dio tiempo de tener dos sueños. El primero de ellos se desarrolló en casa de mis papás, en la mañana siguiente de la cena de año nuevo.
Como ya es tradición jugar el Rose Bowl en la calle frente a la casa, esta vez invitaron a los Gallos del Comercio (equipo para el que jugó mi papá cuando era joven) a jugar para nosotros.
Llegaron en camionetas blancas que decían que de acuerdo con las autoridades gringas, los gallos del comercio ahora entrenan en las instalaciones de una escuela en Monterrey, NL.
Se estacionaron en el jardín triangular frente a mi casa, entre los magueyes. Diana, Yolomy y yo nos subimos a una de sus camionetas para resguardarnos del sol y desde allí verlos calentar, haciendo pases.
Mientras los observaba me di cuenta de que en sus cascos traían impresas al revés las letras y el logo del equipo.
Cuando uno de ellos se acerco para buscar su casco noté que no eran ni muy guapos ni muy brillantes y enseguida perdí el interés por ellos. Charlaba con mi tía Coty y con Lulú, la vecina, cuando estallo una disputa en la calle a mis espaldas. Resulta que los miembros del equipo de basquetbol división A del CEL, generación XXXIV (en el que mi hermano jugó en su tiempo) estaban reuniéndose allí para celebrar su partido de reencuentro y peleaban el espacio con los gallos. El capitán del equipo era Luis Ernesto. Yo estaba feliz de volverlo a ver tras tantos años. Lo llamé para platicar y me llevó al autobús en el que llegaron. Dijo: 'me gustan estos camiones' y yo le contesté 'a mi también porque me traen infinidad de buenos recuerdos'. Observé con atención el camión. Cada fila tenía cuatro asientos del lado derecho del pasillo y dos del izquierdo. Los respaldos estaban forrados de terciopelo azul marino. En eso llamaron a Luis Ernesto y me quede sola en el vehículo. Me pregunté si tenía baño y, al dirigirme hacia el fondo para averiguar, descubrí que cada asiento era un retrete. Quise probarlos, pero en el momento de hacerlo se acercó un profesor. Yo bajé corriendo y saludé torpemente, esperando que nadie notara la travesura que hice por ahí de la sexta o séptima fila.
Entré corriendo a casa donde encontré a mamá, todavía vestida con la ropa de la cena pero ya despeinada, muy atareada limpiando unas manchas de lodo del piso. Comprobé que mis zapatos no trajeran lodo y corrí escaleras arriba. En el cuarto de mis papás habían dos camas, todas rebosantes de niños, algunos de los cuales estaban vestidos como gemelos. Todos veían la tele. Yo me puse a cantar como Sor YeYe y todos empezaron a seguirme. Y allí estaban Luis Ernesto e Idalia, Yolomy y Diana, y sonó el despertador.
Como ya es tradición jugar el Rose Bowl en la calle frente a la casa, esta vez invitaron a los Gallos del Comercio (equipo para el que jugó mi papá cuando era joven) a jugar para nosotros.
Llegaron en camionetas blancas que decían que de acuerdo con las autoridades gringas, los gallos del comercio ahora entrenan en las instalaciones de una escuela en Monterrey, NL.
Se estacionaron en el jardín triangular frente a mi casa, entre los magueyes. Diana, Yolomy y yo nos subimos a una de sus camionetas para resguardarnos del sol y desde allí verlos calentar, haciendo pases.
Mientras los observaba me di cuenta de que en sus cascos traían impresas al revés las letras y el logo del equipo.
Cuando uno de ellos se acerco para buscar su casco noté que no eran ni muy guapos ni muy brillantes y enseguida perdí el interés por ellos. Charlaba con mi tía Coty y con Lulú, la vecina, cuando estallo una disputa en la calle a mis espaldas. Resulta que los miembros del equipo de basquetbol división A del CEL, generación XXXIV (en el que mi hermano jugó en su tiempo) estaban reuniéndose allí para celebrar su partido de reencuentro y peleaban el espacio con los gallos. El capitán del equipo era Luis Ernesto. Yo estaba feliz de volverlo a ver tras tantos años. Lo llamé para platicar y me llevó al autobús en el que llegaron. Dijo: 'me gustan estos camiones' y yo le contesté 'a mi también porque me traen infinidad de buenos recuerdos'. Observé con atención el camión. Cada fila tenía cuatro asientos del lado derecho del pasillo y dos del izquierdo. Los respaldos estaban forrados de terciopelo azul marino. En eso llamaron a Luis Ernesto y me quede sola en el vehículo. Me pregunté si tenía baño y, al dirigirme hacia el fondo para averiguar, descubrí que cada asiento era un retrete. Quise probarlos, pero en el momento de hacerlo se acercó un profesor. Yo bajé corriendo y saludé torpemente, esperando que nadie notara la travesura que hice por ahí de la sexta o séptima fila.
Entré corriendo a casa donde encontré a mamá, todavía vestida con la ropa de la cena pero ya despeinada, muy atareada limpiando unas manchas de lodo del piso. Comprobé que mis zapatos no trajeran lodo y corrí escaleras arriba. En el cuarto de mis papás habían dos camas, todas rebosantes de niños, algunos de los cuales estaban vestidos como gemelos. Todos veían la tele. Yo me puse a cantar como Sor YeYe y todos empezaron a seguirme. Y allí estaban Luis Ernesto e Idalia, Yolomy y Diana, y sonó el despertador.
Vulcano o la muerte de Hawaii
El sueño transcurre en un hotel de lujo en la ladera de un volcán. Da inicio en un campo de golf que parecía sacado de algún videojuego, en el que mi caddy era un hombre pelirrojo gordo y sonriente, como el chef Gusteau. Gané los primeros dos hoyos pero el tercero estaba mas allá de mi capacidad y terminé metiéndome en un espiral de tierra con aceleradores que según yo desembocaba en la plataforma intermedia del par 3. Sin querer puse el dedo en la ruta de la pelota y le impedí continuar su camino; para cuando intenté colocarla de nuevo en su trayectoria, los aceleradores ya se habían apagado, así que salí de los espirales frustrada por mi fracaso y con la pelota en la mano.
Pero no estaba en la plataforma del campo de golf, sino en una sala de cine. Mi caddy estaba allí y me dedicó una última sonrisa antes de que se apagaran las luces para que la película empezara. La poca gente que me alcanzó a ver se reía de mí como si todos hubiesen presenciado el golfístico fracaso. Entonces me concentré en la pantalla, que en ese momento transmitía el compromiso de Natalia Traven con la construcción del Vulcano tal como su padre lo soñó antes de su muerte. El documental hablaba de las dificultades y riesgos que entrañaba el desarrollo turístico en un lugar tan inestable debido a los volcanes activos y la actividad tectónica de la isla, pero finalmente ese era el lugar en el que nos encontrábamos.
Y justo en ese momento se produjo la erupción volcánica.
Por un momento corrí en la oscuridad percibiendo cada vida como un punto de luz muy tenue. y en un parpadeo me encontraba ya en una enorme galera, rodeada de niños, en compañía de Natalia Traven que nos explicaba qué pensaba hacer después: cobrar el seguro, reconstruir el Vulcano... Pero al mirar atrás me di cuenta de que ya nada de eso podría ser. La isla detrás de nosotros era una vorágine de piedra fundida entre una enorme nube de vapor. El magma se agitó una última vez en oleadas ardientes y finalmente la isla se sumió en las aguas para siempre. No existía ya.
Mientras se acercaban a contracorriente la guardia civil, policía, prensa y servicios de rescate, nuestra galera era el barco mas grande y veloz que se alejaba hacia el horizonte sobre el mar ardiente y enbravecido en el gigantesco éxodo provocado por el fin de esa isla polinesia.
Pero no estaba en la plataforma del campo de golf, sino en una sala de cine. Mi caddy estaba allí y me dedicó una última sonrisa antes de que se apagaran las luces para que la película empezara. La poca gente que me alcanzó a ver se reía de mí como si todos hubiesen presenciado el golfístico fracaso. Entonces me concentré en la pantalla, que en ese momento transmitía el compromiso de Natalia Traven con la construcción del Vulcano tal como su padre lo soñó antes de su muerte. El documental hablaba de las dificultades y riesgos que entrañaba el desarrollo turístico en un lugar tan inestable debido a los volcanes activos y la actividad tectónica de la isla, pero finalmente ese era el lugar en el que nos encontrábamos.
Y justo en ese momento se produjo la erupción volcánica.
Por un momento corrí en la oscuridad percibiendo cada vida como un punto de luz muy tenue. y en un parpadeo me encontraba ya en una enorme galera, rodeada de niños, en compañía de Natalia Traven que nos explicaba qué pensaba hacer después: cobrar el seguro, reconstruir el Vulcano... Pero al mirar atrás me di cuenta de que ya nada de eso podría ser. La isla detrás de nosotros era una vorágine de piedra fundida entre una enorme nube de vapor. El magma se agitó una última vez en oleadas ardientes y finalmente la isla se sumió en las aguas para siempre. No existía ya.
Mientras se acercaban a contracorriente la guardia civil, policía, prensa y servicios de rescate, nuestra galera era el barco mas grande y veloz que se alejaba hacia el horizonte sobre el mar ardiente y enbravecido en el gigantesco éxodo provocado por el fin de esa isla polinesia.
lunes, 25 de junio de 2012
Migrar a tierras altas
Este sueño fue más largo, pero solamente recuerdo el fragmento que relato a continuación, en especial la frase de la que extraje el título.
Llovía a cántaros en Bosques del Lago y bajaba un río por Viena 2. Papá, Ro y yo veíamos una película en la cama de papás mientras mamá roncaba en el puff. Como era de suponer, se fue la luz y, como vimos que la tormenta arreciaba y no daba señales de terminar, papá decidió salir a meter la camioneta. Todavía había bastante luz de día, calculo que serían alrededor de las 4 pm. Ro y yo estábamos arrebujados en la cama, pero como papá tardaba más de lo esperado, decidí bajar a ver qué pasaba. Iba a media escalera cuando vi que por debajo de la puerta de la sala empezó a meterse el agua. Era inverosímil, puesto que estamos a media colina, y aunque a veces la calle se inunda mucho, nunca consideré ni remotamente posible que el agua subiera ocho escalones hasta el porche. La única posibilidad es que el lago hubiera crecido tanto que ya nos hubiera alcanzado, y al parecer eso fue lo que pasó, porque el agua no cesaba de subir y ya iba por medio vidrio cuando papá llegó a la puerta con la camisa negra de rayas moradas pegada a la piel, el cabello apelmazado y las botas vaqueras cubiertas de un lodo viscoso. Cuando abrió dejó entrar un torrente que subía a velocidad de vértigo y lo vi correr a las escaleras al tiempo que Ro se asomaba por la puerta de arriba, vestido con su piyama térmica blanca y botas-pantuflas de lana verde y blanca. Yo volteé a ver su cara de asombro y le dije con más calma de la que sentía: 'Ro, parece que ha llegado el momento de migrar a tierras altas'. Él corrió a despertar a mamá mientras yo ayudaba a papá a subir las escaleras corriendo sin resbalarse. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos los cinco (también Jade) en el techo del salón, aferrados a un bote inflable como para hacer rafting, viendo cómo lo último de la planta alta de nuestra casa desaparecía bajo el agua y tratando de dilucidar entre todos cuál sería el mejor momento para agarrar la ola si queríamos aterrizar en el techo de la casa naranja de tres pisos que está atrás de nuestro terreno, en una posición mucho más favorable, casi en la cima de nuestra colina. Yo me preguntaba a mí misma si nuestro vecino dueño de esa casa, al que no conocíamos, sería muy gruñón y podría molestarse de que invadiéramos su propiedad tan agresivamente.
Llovía a cántaros en Bosques del Lago y bajaba un río por Viena 2. Papá, Ro y yo veíamos una película en la cama de papás mientras mamá roncaba en el puff. Como era de suponer, se fue la luz y, como vimos que la tormenta arreciaba y no daba señales de terminar, papá decidió salir a meter la camioneta. Todavía había bastante luz de día, calculo que serían alrededor de las 4 pm. Ro y yo estábamos arrebujados en la cama, pero como papá tardaba más de lo esperado, decidí bajar a ver qué pasaba. Iba a media escalera cuando vi que por debajo de la puerta de la sala empezó a meterse el agua. Era inverosímil, puesto que estamos a media colina, y aunque a veces la calle se inunda mucho, nunca consideré ni remotamente posible que el agua subiera ocho escalones hasta el porche. La única posibilidad es que el lago hubiera crecido tanto que ya nos hubiera alcanzado, y al parecer eso fue lo que pasó, porque el agua no cesaba de subir y ya iba por medio vidrio cuando papá llegó a la puerta con la camisa negra de rayas moradas pegada a la piel, el cabello apelmazado y las botas vaqueras cubiertas de un lodo viscoso. Cuando abrió dejó entrar un torrente que subía a velocidad de vértigo y lo vi correr a las escaleras al tiempo que Ro se asomaba por la puerta de arriba, vestido con su piyama térmica blanca y botas-pantuflas de lana verde y blanca. Yo volteé a ver su cara de asombro y le dije con más calma de la que sentía: 'Ro, parece que ha llegado el momento de migrar a tierras altas'. Él corrió a despertar a mamá mientras yo ayudaba a papá a subir las escaleras corriendo sin resbalarse. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos los cinco (también Jade) en el techo del salón, aferrados a un bote inflable como para hacer rafting, viendo cómo lo último de la planta alta de nuestra casa desaparecía bajo el agua y tratando de dilucidar entre todos cuál sería el mejor momento para agarrar la ola si queríamos aterrizar en el techo de la casa naranja de tres pisos que está atrás de nuestro terreno, en una posición mucho más favorable, casi en la cima de nuestra colina. Yo me preguntaba a mí misma si nuestro vecino dueño de esa casa, al que no conocíamos, sería muy gruñón y podría molestarse de que invadiéramos su propiedad tan agresivamente.
En el metro
En este sueño tan loco había una tormenta tras otra. En casa había conmoción porque Jimena y Ro habían tenido un bebé. Jimena estaba en depresión postparto y Ro hablaba con ella en privado en el estacionamiento, sentados en el interior de la camioneta. Mientras, mamá y yo nos fuimos al metro. Teníamos que hacer unos equipos de performance representativos de algunas estaciones del metro. Incluían danza, teatro y música. Yo estaba en el equipo de Chabacano. Llovía intensamente y todo estaba inundado. Cuando planeamos nuestro performance decidimos que incluiría danza tribal africana, vimos vídeos de lo que habían hecho los equipos representativos antes pero este año éramos menos. En mi equipo estaba Ángel, uno de los chicos de la generación de Ro con el que no me he hablado nunca, pero en mi sueño era mi amigo y persona de confianza. Una maestra que no recuerdo su cara, trato de indicarme como hacer un efecto con los brazos, pero mientras me tenía agarrada, yo di un paso de más y nos caímos las dos de la plataforma a un torrente de agua. Mi primera preocupación es que ella no supiera nadar, pero en cuanto vi que sí sabia, perseguí el tubo de crema de Yves Rocher que tenía en la mano al caer, que iba flotando en dirección a la corriente y seguí nadando en esa dirección hasta poder salir del agua. Todos los brazos que me sujetaban pretendiendiendo ayudarme hicieron más difícil esa tarea, pero finalmente llegué a la rampa de piedras negras que me devolvió a la plataforma. Luego nos fuimos a ver al equipo representativo de Mixcoac. Andresito de LMN estaba en ese equipo. Estaba emocionadísimo de ser el que nos iba a demostrar el avance de su equipo. Habían usado danza tahitiana para darle punch. Vimos el avance con Andrés y tres chicas en falda de paja. Allí me encontré a Amarillo que era el jefe de otro equipo. Ya ven que nunca falta el intensito, no quería en su show nada de danza, solo teatro. Y ponderaba las posibilidades de hacerlo intimista o dieciochesco... aburrido en fin.
Lo siguiente que recuerdo es que papá, mamá, Ángel, Amarillo y yo estábamos en el inicio del andén de Mixcoac, que en mi sueño no se parecía mucho al auténtico andén de Mixcoac, esperando a que el tren llegara unos llevara a nuestras estaciones correspondientes. Venía el tren de la otra dirección, muy lento porque estaba lloviendo, subiendo por una cuesta empinada que era visible desde donde nosotros estábamos parados. Papá en ese momento me estaba preguntando cómo íbamos en el montaje del performance de mi equipo, pero en eso el tren, que se había parado por completo antes de terminar de entrar en el andén, dio un acelerón demasiado impetuoso para el lugar y se descarriló por la mitad justo al lado de nosotros. Yo dije 'se volteó' y mi papá contestó 'no, se está quemando' y entre dos vagones saltó una chispa que rápidamente se convirtió en llamas y todos comenzaron a gritar y entrar en pánico. Yo pensé en que por una vez iba a saber lo que se siente estar en el momento y el lugar que aparecerían en los titulares al día siguiente. Mientras nos alejábamos a paso lento del incendio, escuché vagamente que mi papá seguía presionando sobre que acabáramos el performance y el compromiso que habíamos adquirido, blablabla... yo solo podía pensar en lo absurdo que era hablar de esas cosas en una situación así. Mi papá es muy raro. Entonces explotó la salida del andén y se inició un derrumbe con deslave incluido que nos hizo por fin empezar a correr y saltar por una cortina de fuego y una cascada subterránea. Tras algunos momentos en pasadizos lodosos y amplios llenos de gente apanicada, llegamos a la superficie. Mamá sudaba como suele hacerlo, pero llevaba su videocámara en la mano y lo había capturado todo.
En cuanto recuperé el aliento me di cuenta de que estábamos en una zona arqueológica, que rimero creí que podía ser el Templo Mayor o Cuicuilco, pero luego de observar con detenimiento me di cuenta de que no podía ser, era una de esas zonas mayas que visitamos en nuestro viaje al sureste de 2004 en la cual había una estructura metálica de tres niveles con escaleras, toda oxidada que parecía algo entre el mirador de un guardacostas y un soporte de tinaco. El punto es que Mamá estaba en el segundo nivel, filmando hacia las ruinas y Ángel, Amarillo y yo subimos allí a secarnos al sol, que recién había salido en todo su esplendor, a descansar y a disfrutar de la vista. Me senté en el hueco entre las piernas de Ángel y me perdí en la belleza del lugar y el momento mientras contemplaba en primer plano a Amarillo, brillando a la luz del sol como si fuera de oro, que seguía decidiendo qué estilo usar para su aburrido performance, y de fondo el verde esmeralda del pasto y la vasta selva que nos rodeaba llena de misterios naturales y humanos. Entonces Ángel comentó algo gracioso y los tres reímos. Eso es lo último que recuerdo.
Lo siguiente que recuerdo es que papá, mamá, Ángel, Amarillo y yo estábamos en el inicio del andén de Mixcoac, que en mi sueño no se parecía mucho al auténtico andén de Mixcoac, esperando a que el tren llegara unos llevara a nuestras estaciones correspondientes. Venía el tren de la otra dirección, muy lento porque estaba lloviendo, subiendo por una cuesta empinada que era visible desde donde nosotros estábamos parados. Papá en ese momento me estaba preguntando cómo íbamos en el montaje del performance de mi equipo, pero en eso el tren, que se había parado por completo antes de terminar de entrar en el andén, dio un acelerón demasiado impetuoso para el lugar y se descarriló por la mitad justo al lado de nosotros. Yo dije 'se volteó' y mi papá contestó 'no, se está quemando' y entre dos vagones saltó una chispa que rápidamente se convirtió en llamas y todos comenzaron a gritar y entrar en pánico. Yo pensé en que por una vez iba a saber lo que se siente estar en el momento y el lugar que aparecerían en los titulares al día siguiente. Mientras nos alejábamos a paso lento del incendio, escuché vagamente que mi papá seguía presionando sobre que acabáramos el performance y el compromiso que habíamos adquirido, blablabla... yo solo podía pensar en lo absurdo que era hablar de esas cosas en una situación así. Mi papá es muy raro. Entonces explotó la salida del andén y se inició un derrumbe con deslave incluido que nos hizo por fin empezar a correr y saltar por una cortina de fuego y una cascada subterránea. Tras algunos momentos en pasadizos lodosos y amplios llenos de gente apanicada, llegamos a la superficie. Mamá sudaba como suele hacerlo, pero llevaba su videocámara en la mano y lo había capturado todo.
En cuanto recuperé el aliento me di cuenta de que estábamos en una zona arqueológica, que rimero creí que podía ser el Templo Mayor o Cuicuilco, pero luego de observar con detenimiento me di cuenta de que no podía ser, era una de esas zonas mayas que visitamos en nuestro viaje al sureste de 2004 en la cual había una estructura metálica de tres niveles con escaleras, toda oxidada que parecía algo entre el mirador de un guardacostas y un soporte de tinaco. El punto es que Mamá estaba en el segundo nivel, filmando hacia las ruinas y Ángel, Amarillo y yo subimos allí a secarnos al sol, que recién había salido en todo su esplendor, a descansar y a disfrutar de la vista. Me senté en el hueco entre las piernas de Ángel y me perdí en la belleza del lugar y el momento mientras contemplaba en primer plano a Amarillo, brillando a la luz del sol como si fuera de oro, que seguía decidiendo qué estilo usar para su aburrido performance, y de fondo el verde esmeralda del pasto y la vasta selva que nos rodeaba llena de misterios naturales y humanos. Entonces Ángel comentó algo gracioso y los tres reímos. Eso es lo último que recuerdo.
viernes, 25 de mayo de 2012
La mariposa negra
Creo que esta será una entrada corta. En realidad no fue largo mi sueño. Estaba en casa de mis papás, en mi cama con demasiadas cobijas, leyendo el ladrillote de más de seiscientas páginas que es el último libro de la saga Crepúsculo. Uso una lampara de noche para que las personas que pasan fuera de mi cuarto no vean luz. El miedo empezó cuando oí golpecitos leves en el techo y la puerta del clóset. Prendí la luz con mucho miedo a mirar hacia la dirección del ruido, pero al sonar el golpe sobre mi cabeza me levanté como empujada por un resorte. No había nada a la vista, pero me quedé un rato mirando y escuchando con atención sin atreverme a moverme más. Me vi reflejada en el espejo, me sobé los brazos adoloridos y volví a apagar la luz y leer. Minutos después volví a oír los ruidos y ahora sí vi como dos mariposas negras volaban sobre mi cabeza. Me quedé sin aire por unos momentos, mi impulso fue el de cerrar la boca y tapar mi pierna que se quedo afuera de las cobijas, desnuda. El temblor, el salto y el grito que sofoqué me indicaron que estos bichos me provocan una reacción peor que las arañas. Cuando prendí la luz se escondieron de inmediato, y no fue sino hasta la mañana siguiente que hallé en el interior de un zapato el cadáver de una de esas polillas. Grité de tal modo que desperté.
jueves, 26 de abril de 2012
Un funeral y un examen de física
Amo mi blog porque para mi es entretenimiento gratis y una invaluable forma de desahogarme cuando, como ahora, he soñado cosas muy perturbadoras.
El martes fue 24 de abril, día del cumpleaños de mi ahijado. Fue un día largo porque tuve funciones en una primaria para las cuales tendría que levantarme tempranísimo. No sé si fue la inquietud por no poderme despertar, o el calor o los nervios pre-función, o de verdad fue un episodio de sombras de ojos rojos como los que menciona Conde en su cuento. El caso es que me desperté a las 3am, tuve mucho miedo y, aunque lo intenté, ya no pude volver a dormir. Lo bueno de eso es que llegué a tiempo al llamado, e inusualmente despejada para ser la hora que era.
Dimos las funciones y después nos fuimos juntos a comer y beber. Durante la platica salió lo de los tatuajes y perforaciones que luego derivó al tema de la donación de órganos, de ahí al de las cremaciones, disposición de las cenizas y finalmente al tópico de llorar en los funerales y la conexión que existe entre eso, el egoísmo y la culpa.
Cuando llegué a casa alrededor de las 11pm vi el mensaje de que me habían querido localizar para que hablara con mi ahijado y lamenté no haberlo visto más temprano. Luego me fui a dormir y tuve el sueño mas triste e inquietante del ultimo mes.
Se trataba de un funeral. Soñé que morían Lola y Paulino en un accidente de moto y nos enfrentábamos a la enredosa perspectiva de encargarnos de sus restos que debían ser transportados a su pueblo en la sierra de Oaxaca y otra cosa para la cual no estábamos preparados: la triste tarea de explicárselo a sus hijos.
Según sabemos, cada uno de ellos tiene su lugar en el panteón de su pueblo, según el terreno de su familia, pero transportar dos cadáveres debe ser muy difícil. Papá insistió en cremarlos y mandar solo las cenizas, además de que, por el accidente, los cuerpos estaban en muy mal estado. Por otro lado, no había disposición oficial acerca de la donación de órganos en el caso de Lola, pero Paulino puso en su licencia para conducir que él sí quería donar todo lo que fuera útil. Sin embargo, al hablar con la familia nos enteramos de que en el pueblo la cremación no se acostumbra y las familias de mis compadres la consideran una profanación. Ni hablar de la donación de órganos.
Peliagudo como era ese tema, no me asustaba tanto como la perspectiva de explicárselo a Paco y la aún más escabrosa tarea de hacerle entender a Vane que su mamá ya no va a volver. Y para ahondar en el fango, yo tendría un examen de física a la mañana siguiente. Para mi no fue difícil decidir que ésa sería la última de mis preocupaciones. Siempre fui buena en física desde la secundaria, pero no contaba con que hace años, por lo menos seis, que no estudio las fórmulas y la verdad es que ahora ya no me acuerdo de nada.
Me partió el alma oír a Vane toda la noche gritando "Lala! Lalaaa! Mamá!" y la veía en miente toda roja revolcándose en brazos de mi mamá sin poder abrazarse ya de la suya nunca más. Pensé que ya la vencerían el cansancio y el calor hasta que se quedara dormida y mañana será otro día. Por suerte para ella, es demasiado joven para guardar muchos recuerdos, apenas va a cumplir un año y diez meses. No va a extrañarlos tanto como su hermanito, que se quedó huérfano el día después de cumplir los seis años. Mi mamá dice que a ella le pasó casi igual, dos semanas después de cumplir seis, y que no se acuerda casi nada de su mamá. Pero Paquito sufre mucho. Después de tratarle de suavizar las noticias por todos los medios, finalmente supimos que había entendido cuando se echó a llorar. Lo acompañé a su cuarto, lo metí en la cama y le acaricié el cabello hasta hacerlo dormir. Espero que no le vaya tan mal como a mi mami con sus guardianes legales. En cuanto a Vane, no hay de que preocuparse, se queda con mis papás. Ella ya tenía el sí dado desde que nació. Mi papá la adora y no va a dejar que nadie se la lleve, pero con Paco no siente igual. A mí me parece injusto. Yo quisiera poder encargarme de él personalmente, pero mi estilo de vida apenas me permite cargar conmigo misma. ¿Cómo pretendo mantener también a un niño?
Al día siguiente, lo que entendí del examen de física es que podías sumarle o restarle gramos (diez gramos, lo de una Maruchan, o escuché mal a Jimmy) casi sin afectar la ecuación, solo como un truco para hacerla mas simple, había una variable x que representaba la densidad (¿o era el peso?) de la tinta negra sobre el papel y era lo que teníamos que averiguar para resolver el único problema del examen, que era una resta de varios niveles que empezaba con 3-una serie larga de variables y decimales que no tenían sentido para mi. Yo solo le di vueltas al examen por horas, sin escribir mas que mi nombre, escuchando con atención por si acaso tenía una epifanía, pero eso no sucedió. Obviamente reprobé el examen. Ahora no podré ser piloto aviador.
Entre estos sueños escalofriantes y la inoportuna inspiración de media noche que me obliga a escribir cuando debería estar durmiendo cada vez descanso menos. Y lo peor es que al rato tengo función de teatro infantil. A este ritmo voy a morir o me corren. ¿En verdad vale el desgaste?
El martes fue 24 de abril, día del cumpleaños de mi ahijado. Fue un día largo porque tuve funciones en una primaria para las cuales tendría que levantarme tempranísimo. No sé si fue la inquietud por no poderme despertar, o el calor o los nervios pre-función, o de verdad fue un episodio de sombras de ojos rojos como los que menciona Conde en su cuento. El caso es que me desperté a las 3am, tuve mucho miedo y, aunque lo intenté, ya no pude volver a dormir. Lo bueno de eso es que llegué a tiempo al llamado, e inusualmente despejada para ser la hora que era.
Dimos las funciones y después nos fuimos juntos a comer y beber. Durante la platica salió lo de los tatuajes y perforaciones que luego derivó al tema de la donación de órganos, de ahí al de las cremaciones, disposición de las cenizas y finalmente al tópico de llorar en los funerales y la conexión que existe entre eso, el egoísmo y la culpa.
Cuando llegué a casa alrededor de las 11pm vi el mensaje de que me habían querido localizar para que hablara con mi ahijado y lamenté no haberlo visto más temprano. Luego me fui a dormir y tuve el sueño mas triste e inquietante del ultimo mes.
Se trataba de un funeral. Soñé que morían Lola y Paulino en un accidente de moto y nos enfrentábamos a la enredosa perspectiva de encargarnos de sus restos que debían ser transportados a su pueblo en la sierra de Oaxaca y otra cosa para la cual no estábamos preparados: la triste tarea de explicárselo a sus hijos.
Según sabemos, cada uno de ellos tiene su lugar en el panteón de su pueblo, según el terreno de su familia, pero transportar dos cadáveres debe ser muy difícil. Papá insistió en cremarlos y mandar solo las cenizas, además de que, por el accidente, los cuerpos estaban en muy mal estado. Por otro lado, no había disposición oficial acerca de la donación de órganos en el caso de Lola, pero Paulino puso en su licencia para conducir que él sí quería donar todo lo que fuera útil. Sin embargo, al hablar con la familia nos enteramos de que en el pueblo la cremación no se acostumbra y las familias de mis compadres la consideran una profanación. Ni hablar de la donación de órganos.
Peliagudo como era ese tema, no me asustaba tanto como la perspectiva de explicárselo a Paco y la aún más escabrosa tarea de hacerle entender a Vane que su mamá ya no va a volver. Y para ahondar en el fango, yo tendría un examen de física a la mañana siguiente. Para mi no fue difícil decidir que ésa sería la última de mis preocupaciones. Siempre fui buena en física desde la secundaria, pero no contaba con que hace años, por lo menos seis, que no estudio las fórmulas y la verdad es que ahora ya no me acuerdo de nada.
Me partió el alma oír a Vane toda la noche gritando "Lala! Lalaaa! Mamá!" y la veía en miente toda roja revolcándose en brazos de mi mamá sin poder abrazarse ya de la suya nunca más. Pensé que ya la vencerían el cansancio y el calor hasta que se quedara dormida y mañana será otro día. Por suerte para ella, es demasiado joven para guardar muchos recuerdos, apenas va a cumplir un año y diez meses. No va a extrañarlos tanto como su hermanito, que se quedó huérfano el día después de cumplir los seis años. Mi mamá dice que a ella le pasó casi igual, dos semanas después de cumplir seis, y que no se acuerda casi nada de su mamá. Pero Paquito sufre mucho. Después de tratarle de suavizar las noticias por todos los medios, finalmente supimos que había entendido cuando se echó a llorar. Lo acompañé a su cuarto, lo metí en la cama y le acaricié el cabello hasta hacerlo dormir. Espero que no le vaya tan mal como a mi mami con sus guardianes legales. En cuanto a Vane, no hay de que preocuparse, se queda con mis papás. Ella ya tenía el sí dado desde que nació. Mi papá la adora y no va a dejar que nadie se la lleve, pero con Paco no siente igual. A mí me parece injusto. Yo quisiera poder encargarme de él personalmente, pero mi estilo de vida apenas me permite cargar conmigo misma. ¿Cómo pretendo mantener también a un niño?
Al día siguiente, lo que entendí del examen de física es que podías sumarle o restarle gramos (diez gramos, lo de una Maruchan, o escuché mal a Jimmy) casi sin afectar la ecuación, solo como un truco para hacerla mas simple, había una variable x que representaba la densidad (¿o era el peso?) de la tinta negra sobre el papel y era lo que teníamos que averiguar para resolver el único problema del examen, que era una resta de varios niveles que empezaba con 3-una serie larga de variables y decimales que no tenían sentido para mi. Yo solo le di vueltas al examen por horas, sin escribir mas que mi nombre, escuchando con atención por si acaso tenía una epifanía, pero eso no sucedió. Obviamente reprobé el examen. Ahora no podré ser piloto aviador.
Entre estos sueños escalofriantes y la inoportuna inspiración de media noche que me obliga a escribir cuando debería estar durmiendo cada vez descanso menos. Y lo peor es que al rato tengo función de teatro infantil. A este ritmo voy a morir o me corren. ¿En verdad vale el desgaste?
lunes, 23 de abril de 2012
Uno con muchos cambios de escenario
Ahora iniciamos en una tienda de baby shower en la cual mi mamá, mi Tia Coty, Cristy, Yolomy y yo surtimos un enorme pedido de una lista de regalos. Diana trabajaba allí y era la única cajera en turno. Mientras nos despachaba hablaba hasta por los codos dándonos miles de consejos, mitad por política del negocio y mitad porque le pareció que en verdad los necesitábamos. Cosas como "compren otra bolsita de nylon porque no les va a caber todo en esta y como están bonitas ya no necesitarían envoltura para regalo. Les regalaría otra, pero no puedo, va contra la ley del medio ambiente. La tendrían que comprar". Mi Tia dijo que todo era culpa de una caja flaca y larga que mi mamá eligió y que a ella claramente le parecía que no necesitábamos. Yo me paré del otro lado de la registradora y cuando vi cómo se pasaban los códigos, quise pasar el de mi regalo, así que lo alineé detrás del que Diana pasaba en ese momento. En cuanto quitó ese empaque vi las líneas rojas del lector láser y enseguida oí dos pitidos uno tras otro que decían que había pasado doble. Me asomé a la pantalla y vi mis sospechas confirmadas. Agité la caja frente a la cara de mi prima y le reporté el problema. Creo que hizo algo al respecto, pero ya no lo sé con certeza. Cuando me di media vuelta estaba en otro lugar y otra situación.
Ahora estaba en el vestíbulo de mi cuarto en Puebloquieto a punto de ponerme el uniforme de la escuela. Temblaba de miedo y estaba de muy mal humor porque me habían despertado a las seis de la mañana, hacía frío y tenía hambre. Mi sobrino Isaac estaba abajo en la sala de piano, sentado en uno de esos sillones destartalados imitación cuero que trajeron con la mudanza de mi Tio Polito, jugando Nintendo DS. Me preguntó por qué rezongaba tanto. Yo le contesté "hace años que no voy a mi escuela. No quiero que me vean porque todos me van a reclamar que no estoy titulada". Y él me respondió "pues ya titúlate". Sí, claro, se dice fácil.
De nuevo el escenario cambió y estábamos mis papás y yo en un estacionamiento abovedado. Yo iba caminando por un pasillo cuesta arriba hacia el exterior soleado. Mi mamá caminaba a mi derecha y súbitamente me señaló hacia la izquierda. "Mira eso, es por donde pasas camino al dentista, no?" Al ver hacia arriba y a la izquierda vi que sobre la bóveda metálica del estacionamiento hay un puente peatonal al lado del cual se asoma el borde de uno de esos banners publicitarios que funcionan con aire y parecen hacer reverencias. Era rojo y azul rey con flecos en los extremos. Entonces oí a mi papá gritarme "cuidado" y yo salté y miré alrededor. Solo fue una alarma sin sentido, porque al dejar de ver el camino yo había derivado hacia la izquierda justo enfrente de un Mercedes plateado estacionado y sin conductor que yo ya había visto y catalogado de inofensivo. Mi papá me soltó un discursito sobre como me podían atropellar si andaba entre coches sin fijarme. Yo contesté que ya me había fijado pero igual me chocaba que pusieran cosas a los lados que me distrajeran como stands publicitarios, casillas electorales o puestos de vacunación. Además del riesgo de atropellamiento estaba el de tropezar con los tubos que sobresalían del suelo entre un carril y otro. Entonces pasamos junto a una vitrina y vi dos cosas: primera, que estábamos en un estacionamiento de WalMart y segunda, que aun traía puesto el uniforme de la escuela.
Sin previo aviso cambió el escenario y estábamos en el recibidor de la casa de mi tío Guty en Morelia. Bajo las escaleras, justo enfrente de la entrada había una tele y videojuegos. Yo no me acuerdo que jugábamos, pero perdí y al voltear hacia el comedor vi a Ben Affleck sentado en el susodicho sillón de dizque-cuero raído (a esos sillones les urge que los retapicen) con una cerveza en la mano y me sonrió, diciendo "espero que no quieras otra clase de premio de consolación" y lanzó una mirada significativa hacia la puerta del baño, donde estaba parada su mujer, Jennifer, con una mirada dulcísima. Yo contesté que no, la vi sentarse en sus piernas y se empezaron a besar. Un poco asqueada y muy celosa, pasé el control a Saray y huí a la sala para no ver. Mientras mi prima jugaba mucho mejor que yo, en la mesa de la sala me encontré una figurita de acción multiarticulada de Gokú, torcida en una posición muy extraña. Decidí ponerla en una pose mas natural e imponente. Era un hombrecito muy musculoso, y vi que sus dos brazos podían convertirse en cuatro. Finalmente lo acomodé en la pose de Superman y Saray se sentó a mi derecha después de perder y ceder el control a Ben Affleck. Le enseñé mi hazaña y tarareamos juntas el tema de Indiana Jones, porque no pude acordarme del de Superman.
Finalmente cambiamos a una bonita playa llena de gente y botes pesqueros. El agua fría me mojaba los pies y hacía mucho viento. Estábamos en Manzanillo. Tras de mí pasó un guardia costero avisando que en diez minutos cambiábamos de playa. Mi hermano, que estaba parado a mi lado derecho vio una pequeña mancha negra que se movía en el agua a unos veinte metros de nosotros y quiso saber qué era, entonces corrió hacia ella y se echó a nadar. Yo no tenía que moverme para saber que había un banco de peces enormes tan cerca de la orilla que las olas los obligaban a encallar. Más de una vez tuve que esquivar uno que venía directamente hacia mis piernas. En cambio Saray no se vio tan hábil. Venían dos peces negros especialmente grandes y yo me alejaba del triste espectáculo de una mojarra boqueando en la arena, pero antes de volver a mirar hacia allí oí el grito de mi prima. Corrí a un puesto de cocos cercano donde estaban mis papás para avisarles "Saray tiene el pie atorado en la boca de un pez". En eso por detrás de mamá vi a un tipo demasiado musculoso y liso como recién aceitado, pero al pasar él por mi lado noté que olía mucho a pescado. Creí que era el encargado de lidiar con mordidas de pez, pero corrió por donde estaba Saray sin siquiera verla y continuó hacia la casa. Yo decidí ayudarla yo misma, pero cuando llegué al fin con ella, ya había logrado sacarse la grotesca y apestosa imitación de calcetín y se puso una liga en el lugar que tenía marcados los dientes justo abajo de la rodilla. Entonces oímos la voz del cambio de playa y corrimos al hotel. Yo recordaba que la primera habitación del pasillo estaba llena de niños, en la segunda estaban Pancho, Dany y mi hermano y de la tercera había salido la playa en la que estábamos. Sin embargo ahora la playa salía de la tercera puerta (sin duda Copacabana) y yo me pregunté donde habrían quedado las cosas de los chavos. Quise abrir la segunda puerta, pero estaba asegurada. Traté con la cuarta, que cedió sin resistencia y allí estaba todo: varios trajes de baño llenos de arena y las chanclas sobre la cama. Me sentí observada y noté que detrás de mi estaba Pancho con esa actitud fría que trae últimamente, como si estuviera enojado conmigo. Me preguntó "¿Qué se te ofrece?" y le contesté "necesito bloqueador, ¿tienes?". Volvió a replicar "¿tú tienes?" y me exasperé "no, por eso te pido". Me dijo "estás enojada contigo" y a mi me pareció una respuesta de lo mas extraña. "¿No querrás decir que estoy enojada contigo o que estás enojado conmigo?" pero el insistió en que estaba enojada conmigo por haberlo olvidado. Yo le jalé los cordones del traje de baño "ya deja de analizarme. ¿Me prestas bloqueador o no?" y me contestó "tu no traes, entonces no te puedo prestar" me di cuenta de que su verdadera preocupación era que no alcanzara para mañana. "¿Y si compro y mañana yo te doy?", "entonces está bien". Tomé el tubo de bloqueador y corrí a mi cuarto del otro lado del pasillo. Allí estaba mi primo Toño dormido en una de las dos camas king size en bola con otros cuatro muchachos costeños muy guapos que veían la tele. También estaba Yolomy con un traje de baño blanco aperlado que le quedaba tan enorme que le jalé la parte de abajo y pude meter mis piernas en los hoyos de las piernas y ella seguía con el traje puesto. Detrás de ella había una percha toda llena de trajes de baño. Entonces noté que yo traía puesta mi piyama de gatito. Yolomy se metió al baño y salió poco después con un traje fucsia con un moño que sí le quedaba bien. Mientras tanto yo me desnudé excepto por el top y me empece a untar bloqueador. Esperaba que el revoltijo de cobijas me cubriera de la vista de los muchachos. Luego llegó mi mamá y quiso guardar mi piyama, pero yo no deje que me la quitara. Le dije "aquí a plena vista no, si quieres entro al baño y me pruebo lo que quieras" en ese momento mi papá iba asomando la cabeza al cuarto y negó con un resoplido "ahí tienes tu respuesta", dijo mamá. Entonces me di cuenta de ir los trajes de baño estaban en venta.
Ahora estaba en el vestíbulo de mi cuarto en Puebloquieto a punto de ponerme el uniforme de la escuela. Temblaba de miedo y estaba de muy mal humor porque me habían despertado a las seis de la mañana, hacía frío y tenía hambre. Mi sobrino Isaac estaba abajo en la sala de piano, sentado en uno de esos sillones destartalados imitación cuero que trajeron con la mudanza de mi Tio Polito, jugando Nintendo DS. Me preguntó por qué rezongaba tanto. Yo le contesté "hace años que no voy a mi escuela. No quiero que me vean porque todos me van a reclamar que no estoy titulada". Y él me respondió "pues ya titúlate". Sí, claro, se dice fácil.
De nuevo el escenario cambió y estábamos mis papás y yo en un estacionamiento abovedado. Yo iba caminando por un pasillo cuesta arriba hacia el exterior soleado. Mi mamá caminaba a mi derecha y súbitamente me señaló hacia la izquierda. "Mira eso, es por donde pasas camino al dentista, no?" Al ver hacia arriba y a la izquierda vi que sobre la bóveda metálica del estacionamiento hay un puente peatonal al lado del cual se asoma el borde de uno de esos banners publicitarios que funcionan con aire y parecen hacer reverencias. Era rojo y azul rey con flecos en los extremos. Entonces oí a mi papá gritarme "cuidado" y yo salté y miré alrededor. Solo fue una alarma sin sentido, porque al dejar de ver el camino yo había derivado hacia la izquierda justo enfrente de un Mercedes plateado estacionado y sin conductor que yo ya había visto y catalogado de inofensivo. Mi papá me soltó un discursito sobre como me podían atropellar si andaba entre coches sin fijarme. Yo contesté que ya me había fijado pero igual me chocaba que pusieran cosas a los lados que me distrajeran como stands publicitarios, casillas electorales o puestos de vacunación. Además del riesgo de atropellamiento estaba el de tropezar con los tubos que sobresalían del suelo entre un carril y otro. Entonces pasamos junto a una vitrina y vi dos cosas: primera, que estábamos en un estacionamiento de WalMart y segunda, que aun traía puesto el uniforme de la escuela.
Sin previo aviso cambió el escenario y estábamos en el recibidor de la casa de mi tío Guty en Morelia. Bajo las escaleras, justo enfrente de la entrada había una tele y videojuegos. Yo no me acuerdo que jugábamos, pero perdí y al voltear hacia el comedor vi a Ben Affleck sentado en el susodicho sillón de dizque-cuero raído (a esos sillones les urge que los retapicen) con una cerveza en la mano y me sonrió, diciendo "espero que no quieras otra clase de premio de consolación" y lanzó una mirada significativa hacia la puerta del baño, donde estaba parada su mujer, Jennifer, con una mirada dulcísima. Yo contesté que no, la vi sentarse en sus piernas y se empezaron a besar. Un poco asqueada y muy celosa, pasé el control a Saray y huí a la sala para no ver. Mientras mi prima jugaba mucho mejor que yo, en la mesa de la sala me encontré una figurita de acción multiarticulada de Gokú, torcida en una posición muy extraña. Decidí ponerla en una pose mas natural e imponente. Era un hombrecito muy musculoso, y vi que sus dos brazos podían convertirse en cuatro. Finalmente lo acomodé en la pose de Superman y Saray se sentó a mi derecha después de perder y ceder el control a Ben Affleck. Le enseñé mi hazaña y tarareamos juntas el tema de Indiana Jones, porque no pude acordarme del de Superman.
Finalmente cambiamos a una bonita playa llena de gente y botes pesqueros. El agua fría me mojaba los pies y hacía mucho viento. Estábamos en Manzanillo. Tras de mí pasó un guardia costero avisando que en diez minutos cambiábamos de playa. Mi hermano, que estaba parado a mi lado derecho vio una pequeña mancha negra que se movía en el agua a unos veinte metros de nosotros y quiso saber qué era, entonces corrió hacia ella y se echó a nadar. Yo no tenía que moverme para saber que había un banco de peces enormes tan cerca de la orilla que las olas los obligaban a encallar. Más de una vez tuve que esquivar uno que venía directamente hacia mis piernas. En cambio Saray no se vio tan hábil. Venían dos peces negros especialmente grandes y yo me alejaba del triste espectáculo de una mojarra boqueando en la arena, pero antes de volver a mirar hacia allí oí el grito de mi prima. Corrí a un puesto de cocos cercano donde estaban mis papás para avisarles "Saray tiene el pie atorado en la boca de un pez". En eso por detrás de mamá vi a un tipo demasiado musculoso y liso como recién aceitado, pero al pasar él por mi lado noté que olía mucho a pescado. Creí que era el encargado de lidiar con mordidas de pez, pero corrió por donde estaba Saray sin siquiera verla y continuó hacia la casa. Yo decidí ayudarla yo misma, pero cuando llegué al fin con ella, ya había logrado sacarse la grotesca y apestosa imitación de calcetín y se puso una liga en el lugar que tenía marcados los dientes justo abajo de la rodilla. Entonces oímos la voz del cambio de playa y corrimos al hotel. Yo recordaba que la primera habitación del pasillo estaba llena de niños, en la segunda estaban Pancho, Dany y mi hermano y de la tercera había salido la playa en la que estábamos. Sin embargo ahora la playa salía de la tercera puerta (sin duda Copacabana) y yo me pregunté donde habrían quedado las cosas de los chavos. Quise abrir la segunda puerta, pero estaba asegurada. Traté con la cuarta, que cedió sin resistencia y allí estaba todo: varios trajes de baño llenos de arena y las chanclas sobre la cama. Me sentí observada y noté que detrás de mi estaba Pancho con esa actitud fría que trae últimamente, como si estuviera enojado conmigo. Me preguntó "¿Qué se te ofrece?" y le contesté "necesito bloqueador, ¿tienes?". Volvió a replicar "¿tú tienes?" y me exasperé "no, por eso te pido". Me dijo "estás enojada contigo" y a mi me pareció una respuesta de lo mas extraña. "¿No querrás decir que estoy enojada contigo o que estás enojado conmigo?" pero el insistió en que estaba enojada conmigo por haberlo olvidado. Yo le jalé los cordones del traje de baño "ya deja de analizarme. ¿Me prestas bloqueador o no?" y me contestó "tu no traes, entonces no te puedo prestar" me di cuenta de que su verdadera preocupación era que no alcanzara para mañana. "¿Y si compro y mañana yo te doy?", "entonces está bien". Tomé el tubo de bloqueador y corrí a mi cuarto del otro lado del pasillo. Allí estaba mi primo Toño dormido en una de las dos camas king size en bola con otros cuatro muchachos costeños muy guapos que veían la tele. También estaba Yolomy con un traje de baño blanco aperlado que le quedaba tan enorme que le jalé la parte de abajo y pude meter mis piernas en los hoyos de las piernas y ella seguía con el traje puesto. Detrás de ella había una percha toda llena de trajes de baño. Entonces noté que yo traía puesta mi piyama de gatito. Yolomy se metió al baño y salió poco después con un traje fucsia con un moño que sí le quedaba bien. Mientras tanto yo me desnudé excepto por el top y me empece a untar bloqueador. Esperaba que el revoltijo de cobijas me cubriera de la vista de los muchachos. Luego llegó mi mamá y quiso guardar mi piyama, pero yo no deje que me la quitara. Le dije "aquí a plena vista no, si quieres entro al baño y me pruebo lo que quieras" en ese momento mi papá iba asomando la cabeza al cuarto y negó con un resoplido "ahí tienes tu respuesta", dijo mamá. Entonces me di cuenta de ir los trajes de baño estaban en venta.
lunes, 16 de abril de 2012
Recapitulando
Aquí describo algunos sueños del pasado que me han dejado sin aliento. Es cierto que soy la clase de persona que tiene el sueño recurrente de ir flotando mágicamente en el aire a gran altura para después perder la concentración y caer, pero no es exactamente eso a lo que me refiero. Hay sueños de los que despierto mental y físicamente estresada. En varios de ellos tuve que manejar, como si no me cansara ya bastante manejar de día, lo hago también mientras duermo. Mis pesadillas al volante muchas veces involucran lidiar con un vehículo lejos del asiento del conductor. Por ejemplo, una vez tuve que manejar desde el asiento del copiloto cuando el conductor (mi mamá) se desmayó. Íbamos muy rápido y no podía frenar con los pies de mi mamá en los pedales. Luego nos comenzó a seguir una patrulla y yo, tras ganar la batalla contra el acelerador, las vueltas de la calle, el cinturón de seguridad y el peso muerto de mi mamá tendida sobre el volante, pude ponerme en el asiento del conductor y recomponerme antes de tenerme que enfrentar con un policía de tránsito por la nimia infracción de haberme pasado solo un alto. 'De verdad, oficial, es que no lo vi, tengo mil cosas en la cabeza, y el calor, usted sabe, no ayuda en estos casos. Sí, voy a andar con más precaución, no vuelve a pasar'. En otro de esos sueños memorables iba en carretera tarde para una función en Cuernavaca. Ajustaba el coche a una velocidad y dirección y después me pasaba al asiento trasero para irme vistiendo y maquillando hasta que se acercaba la siguiente curva y yo solo ajustaba un poco la dirección desde atrás para seguir con lo mío, siempre con la adrenalina a tope de que pudiera pasar algo que yo no hubiese anticipado. Los menos misericordiosos de mis sueños al volante incluyen a mí atropellando a algún peatón inocente y distraído por andar mirando a otro lado al manejar. A veces llegan incluso a la cárcel. Esas son mis peores pesadillas en la vida.
Otro tipo de sueño anti-reposo es el de jugar ajedrez. Yo soy muy mala y odio perder. Siempre he estado en contra de que se le considere un deporte. Hace mucho que no juego y creo que jamás he ganado. Mi papá fue quien nos enseñó a mi hermano y a mí a jugar cuando éramos muy chicos pero, a diferencia de Ro, pensar tres movimientos por anticipado incluyendo tres predicciones de la estrategia del oponente, es más de lo que puedo procesar. En mi sueño jugaba contra Ro, pero las reglas eran muy extrañas, como si el tablero fuera virtual y los movimientos de las piezas fueran controlados por determinados códigos físicos del jugador. Una especie de kinect onírico. En un momento de lucidez dentro del sueño me di cuenta de que daba vueltas en la cama cada vez que quería mover una pieza.
Está también el sueño de la aspiradora a las 11 de la noche. Ése claramente fue una acusación de mi inconsciente acerca del desastre que se estaba volviendo el Depa en ese tiempo. Una vez Ro me dijo "¡qué horrible debe ser ser tú y vivir conmigo!". Obviamente lo dijo en son de broma pero resulta una realidad muy frustrante ser la única persona que se encarga de recoger y limpiar en una casa donde vive un experto en ensuciar y hacer tiradero. Conde dijo que "desperdicio el inconsciente" pero para mi es claro que mi inconsciente es más poderoso que yo, que considera que desperdicio valiosas horas de trabajo, y además sabe atormentarme con culpa.
No olvidemos el de la vez que los MismaNotienses íbamos a morir de sed. Fue del día que bolsearon a Anny y a Josué. Hacía un sol abrasador hasta que veíamos la reverberación anaranjada a lo lejos. Podía vernos a todos brillantes de sudor salado, arrastrándonos desesperadamente, sin fuerzas ya para ponernos de pie, con los labios resecos y agrietados. Llovía pan, galletas, chocolates, pero no había nada de agua. Fue tan inquietante que me despertó y luego no pude dormir como en cuatro horas.
Luego preguntan por qué no descanso cuando duermo. Me pregunto si hoy tocará soñar o descansar.
Otro tipo de sueño anti-reposo es el de jugar ajedrez. Yo soy muy mala y odio perder. Siempre he estado en contra de que se le considere un deporte. Hace mucho que no juego y creo que jamás he ganado. Mi papá fue quien nos enseñó a mi hermano y a mí a jugar cuando éramos muy chicos pero, a diferencia de Ro, pensar tres movimientos por anticipado incluyendo tres predicciones de la estrategia del oponente, es más de lo que puedo procesar. En mi sueño jugaba contra Ro, pero las reglas eran muy extrañas, como si el tablero fuera virtual y los movimientos de las piezas fueran controlados por determinados códigos físicos del jugador. Una especie de kinect onírico. En un momento de lucidez dentro del sueño me di cuenta de que daba vueltas en la cama cada vez que quería mover una pieza.
Está también el sueño de la aspiradora a las 11 de la noche. Ése claramente fue una acusación de mi inconsciente acerca del desastre que se estaba volviendo el Depa en ese tiempo. Una vez Ro me dijo "¡qué horrible debe ser ser tú y vivir conmigo!". Obviamente lo dijo en son de broma pero resulta una realidad muy frustrante ser la única persona que se encarga de recoger y limpiar en una casa donde vive un experto en ensuciar y hacer tiradero. Conde dijo que "desperdicio el inconsciente" pero para mi es claro que mi inconsciente es más poderoso que yo, que considera que desperdicio valiosas horas de trabajo, y además sabe atormentarme con culpa.
No olvidemos el de la vez que los MismaNotienses íbamos a morir de sed. Fue del día que bolsearon a Anny y a Josué. Hacía un sol abrasador hasta que veíamos la reverberación anaranjada a lo lejos. Podía vernos a todos brillantes de sudor salado, arrastrándonos desesperadamente, sin fuerzas ya para ponernos de pie, con los labios resecos y agrietados. Llovía pan, galletas, chocolates, pero no había nada de agua. Fue tan inquietante que me despertó y luego no pude dormir como en cuatro horas.
Luego preguntan por qué no descanso cuando duermo. Me pregunto si hoy tocará soñar o descansar.
domingo, 15 de abril de 2012
Dos estrellas del fútbol
Esta es una entrada sobre dos sueños ya algo viejos, pero que dejaron un recuerdo muy marcado, como si de verdad hubieran pasado. Los dos datan de alrededor de noviembre-diciembre de 2011. En ese tiempo yo era asidua seguidora de varios deportes, porque mi papá pasaba la mayor parte de su tiempo en cama viendo tele y si yo quería estar con él tenía que sumergirme en su mundo. Por lo tanto comencé a hacerme seguidora de las carreras de Fórmula 1, el fútbol de la liga europea y la NFL principalmente.
Mi papá sigue al Checo Pérez en la F1, pero ese día particular que yo llegué a preguntar la carrera llevaba dos horas de retraso por lluvia y la lucha por el primer puesto estaba muy cerrada entre Vettel, el alemán que siempre gana y Jason Button, un inglés con más experiencia que le hace la vida muy difícil. La carrera estuvo muy emocionante en cuanto reanudó y al final Button ganó por mucho y yo me hice su fan. En la liga europea mi papá sigue al Barca, pero yo no puedo mas que ser hincha del Manchester United, porque en él juega Chicharito, que ha sido el héroe de la selección nacional desde que me enteré de su existencia. Y finalmente en la NFL compartimos afición por los Green Bay Packers, que en ese tiempo estaban jugando como nunca y tenían la ventaja indiscutible de toda la liga. De todos los deportes que veíamos, éste es mi favorito, porque me apasiona de tal modo que leía todas las noticias sobre la liga que podía encontrar.
Dadas estas circunstancias, no me sorprende haber soñado lo que soñé.
El primero de mis dos sueños futboleros memorables consistía en que yo era nada menos que la novia de Aaron Rodgers, el quarterback de los GB Packers, el cual me llevaba a la Universidad del Sur de California al homenaje que se hacía en su honor.
Él vestía impecablemente de traje negro, camisa blanca, corbata de rombos con los colores de la universidad, y se veía guapísimo, alto e imponente.
Me pidió que lo esperara al fondo de la tienda de regalos, junto al acceso de Solo Personal Autorizado, se acercó al mostrador, charló con una asombrada cajera de la dulcería y volvió con un refresco, y un jersey femenil de los Packers con su nombre. Luego me acorraló contra la pared entre sus poderosos brazos y torso. Me dijo que me amaba, que los homenajes eran para él como una tortura, y que seguramente me iba a extrañar en el escenario. Yo no pude sino aconsejarle que disfrutara su tiempo en el escenario, haciendo de cada momento un instante especial. Luego me dio un beso de despedida antes de irse por la puerta que estaba a mi derecha.
Parte de su escolta se quedó conmigo y me llevaron a la primera fila del auditorio de la universidad, pero no justo al frente del escenario, sino en un costado de la tarima que, a modo de pasarela, serviría al evento con el telón cerrado.
Cuando empezó el homenaje, el rector de la universidad presentó en inglés a la gran estrella de fútbol que había traído los laureles a la universidad después de haber sido seleccionado quinto en su generación, sorprendiéndolos a todos gratamente.
Entonces de la abertura del telón surgió mi novio con la corbata en la cabeza, la camisa desabotonada hasta la mitad dejando ver su formidable musculatura y sin pantalones ni zapatos, además de bastante despeinado. Sus bóxers eran azul marino con resortes grises y sus calcetines negros con rombos dorados. Traía en la mano un micrófono y se puso a hacer chistes a diestra y siniestra a un desconcertado publico que se preguntaba qué estaba pasando. Muchos creyeron que estaba borracho, pero por un guiño que me hizo al verme supe que no era así, sino que estaba siguiendo mi consejo de hacer de cada experiencia escénica un momento memorable.
Luego hablo de su inspiración y de la mujer a la que dedicaba sus victorias. Pidió un aplauso para mi y se soltó a cantar "Anything you want, you got it" de Roy Orbison, con una voz clara y dulce, como un arrullo y me pidió que subiera al escenario con él.
Pero cuando me tendió la mano para invitarme a subir, cientos de fanáticos descontrolados que surgieron de las filas detrás de mí le jalaron el brazo, la camisa, y subieron al escenario a envolverlo en cinta amarilla de precaución hasta hacerlo un ovillo y lo sacaron en hombros por la abertura del telón, sin que su escolta o yo pudiéramos hacer nada para evitarlo.
Cada día desde que tuve ese sueño, siento que tengo un vínculo especial con él. Cada victoria suya la siento como propia, y cuando leo algo de el me parece escuchar su voz de nuevo.
El domingo de la semana en que soñé esto los GB Packers perdieron el invicto contra los KC Chiefs en un partido que yo no pude ver pero lo seguí obsesivamente en mi aplicación de iPod. Poco tiempo después estaban en los playoffs, pero yo conseguí un trabajo en domingo que me impedía ver los partidos y justo el domingo en que empecé a trabajar, Green Bay y mi amado Aaron fueron eliminados por los NY Giants.
El segundo sueño fue protagonizado por Javier Hernández, alias "el Chicharito". Empieza una mañana tibia en un hotel cinco estrellas de Guadalajara. Yo fui allí de vuelo con mi papá y él estaba entrenando con la Selección en aquella ciudad.
Nos encontramos en el lobby bar, un pequeño oasis aislado detrás de un cristal grueso que lo separaba del ruidoso lobby dorado y rosado todo de frío mármol. El bar tenía mullidos sillones de gamuza color caramelo. Había un particularmente cómodo love seat en el que yo leía despreocupadamente bebiendo un martini, mientras él me observaba desde el asiento de al lado. Me hizo una pregunta que ni siquiera escuché bien porque estaba demasiado inmersa en mi libro como para aceptar interrupciones. Quise hacerle saber lo inoportuno que me parecía su comentario. Lo miré directamente y me shockeó por un segundo la belleza de sus ojos y la franqueza de su sonrisa (y me pareció que él lo notó), pero creo que debido a la distorsión de la cámara, no lo reconocí como la estrella de fútbol que yo seguía. Discutimos unos minutos durante los cuales él parecía divertido y atónito a la vez de que yo no lo reconociera. Yo me enojaba cada vez más por su insistente sonrisa que me parecía irritante. Finalmente su curiosidad venció a su diversión cuando me preguntó "¿De vedad no me reconoces?". En ese momento lo miré bien y me quedé muda de asombro pero a él pareció encantarle mi consternación. Me invitó una copa, me preguntó sobre mi vida, mis gustos, el teatro y luego me preguntó si podía acompañarlo a cenar. Todavía algo apenada le dije que eso era poco probable, puesto que tendría que discutirlo con mi padre.
Cuando los presenté tuve que esforzarme mucho por no reírme de mi papá, al que casi se le fue la quijada al suelo cuando vio quien le pedía permiso para llevarse a su hija a cenar. Se fueron aparte a discutir un rato y yo me quedé a observar, ya que temía que no congeniaran y mi papá me impidiera salir con él. Pero mis temores resultaron infundados porque desde lejos pude ver sus gestos y darme cuenta de que, al igual que yo, mi papá estaba encantado con él. Volvió con una gran sonrisa diciendo que era el mejor futbolista con el que ha hablado y que por supuesto que podía llevarme a donde quisiera. Es más, incluso me llevó a comprar un vestido blanco vaporoso y escotado y zapatos altos bonitos que estuvieran al nivel de mi cita.
Finalmente llegó la hora y bajé al lobby luciendo tan radiante que todos me voltearon a ver cuando salí del elevador a reunirme con él, que ya me estaba esperando vestido con un traje gris plata y con su más cálida sonrisa.
Lo tomé del brazo y me sentí enrojecer intensamente ante las miradas de todos. Aún así me concentré en sentir la suave seda de su traje y con un poco de esfuerzo sonreí y le pregunté casualmente "¿A dónde vamos?". Fue enorme mi sorpresa cuando me condujo de nuevo al elevador y me dijo confiado "Al Penthouse".
Durante el largo viaje en elevador, de nada menos que 35 pisos, fui incapaz de mirarlo a los ojos. Me había quedado lívida de angustia cuando contemplé las posibles implicaciones de aceptar un rendez-vous en privado con él. Mis manos sudorosas estaban tan apretadas que tardé en darme cuenta de que arrugaba la manga del fino traje. Pero una vez más mis miedos resultaron vanos.
Al llegar a la cima me quedé simplemente sin aliento al encontrarme con una sala rectangular decorada en cada esquina con jarrones en pedestales de bronce llenos de botones de rosa blancos y rojos mezclados por igual. En el centro del saloncito había un pequeño comedor de caoba con servicio para dos y al fondo una vista increíble de Guadalajara al atardecer.
Me senté aún temblando y contemplé como él me servía el vino en silencio. Finalmente se decidió a hablar y en su voz noté que estaba al menos tan nervioso como yo. Primero trató de hacerme un cumplido "Es increíble que puedas llegar a verte más hermosa que en la mañana". Yo no pude responder. Luego titubeó antes de hacer una broma sobre el ambiente tenso que se sentía "Yo creí que iba a ser el más nervioso en la cena, pero definitivamente tú me ganas por mucho". En ese momento me di cuenta de que no había peligro inmediato que me amenazara, respiré profundo y traté de relajarme, respondiendo con una sonrisa tímida a su comentario.
Entonces todo enloqueció (sí, aún más). Se arrodilló y sacó ante mis ojos como platos un anillo de platino y diamantes que me ofreció al tiempo que me pedía que fuera su esposa. Dijo que ya sabia que era una locura proponérmelo el mismo día en que me conoció pero que el era creyente del amor a primera vista y que nunca le había pasado así. Dijo que sabia que yo sentí lo mismo, que mi papá estaría de acuerdo, que sería el fin de los problemas económicos de mi familia y que incluso me podía salir de trabajar.
Durante todo este discurso miré intensamente en el interior de sus ojazos verdes en los que me podría perder y noté la sinceridad de sus palabras y mi corazón latiendo en mis oídos hasta que su voz tímida y casi infantil calló y yo sentí que me ahogaba en la emoción que, afortunadamente, halló salida y estallé en llanto. Él no supo cómo interpretar mi reacción y se quedó unos segundos eternos confundido, arrodillado frente a mi, el brazo tendido con el anillo entre sus dedos. Después sus ojos verdes también comenzaron a humedecerse cuando preguntó "¿No quieres?".
Yo comencé una torpe apología intercalada con sollozos y suspiros de que sí me parecía una locura, de que no me casaría por dinero y de que nunca querría abandonar el teatro sin importar quien ni como o por qué me lo pidiera. Mientras yo hablaba él se levantó, me dio la espalda y lentamente caminó hacia el ventanal con un ligero estremecimiento que sacudía su cuerpo con cada frase que yo decía.
Llegó hasta el ventanal y miró hacia el crepúsculo en silencio hasta que yo paré de hablar, y finalmente volvió su cara hacia mi para preguntar "¿Todo esto significa que no sientes lo mismo?" Y su carita de ángel con la puesta de sol sobre la ciudad de fondo y lo desgarrador de su sentimiento ablandaron lo que quedaba de mi resistencia y me obligaron a ceder al impulso del momento y correr a consolarlo. Me lancé en sus brazos y así me quedé llorando refugiada en su pecho en un abrazo muy largo, aspirando su perfume mientras él acariciaba mi cabello. Luego dije "Sí te amo" y él contestó "Entonces cásate conmigo, en los términos que tú quieras, pero por favor no rompas mi corazón, yo sé que eres la indicada."
Tras esas palabras alcé la vista y me permití perderme en sus ojos verdes brillantes de agua y sol, durante un segundo interminable antes de que el sol coloreara de dorado mis párpados en un beso tierno que selló mis labios.
Y ese fue el fin del sueño, creo que nunca le dije que sí. Y también creo que estos sueños pueden ser resultado de leer demasiadas novelas rosas.
Mi papá sigue al Checo Pérez en la F1, pero ese día particular que yo llegué a preguntar la carrera llevaba dos horas de retraso por lluvia y la lucha por el primer puesto estaba muy cerrada entre Vettel, el alemán que siempre gana y Jason Button, un inglés con más experiencia que le hace la vida muy difícil. La carrera estuvo muy emocionante en cuanto reanudó y al final Button ganó por mucho y yo me hice su fan. En la liga europea mi papá sigue al Barca, pero yo no puedo mas que ser hincha del Manchester United, porque en él juega Chicharito, que ha sido el héroe de la selección nacional desde que me enteré de su existencia. Y finalmente en la NFL compartimos afición por los Green Bay Packers, que en ese tiempo estaban jugando como nunca y tenían la ventaja indiscutible de toda la liga. De todos los deportes que veíamos, éste es mi favorito, porque me apasiona de tal modo que leía todas las noticias sobre la liga que podía encontrar.
Dadas estas circunstancias, no me sorprende haber soñado lo que soñé.
El primero de mis dos sueños futboleros memorables consistía en que yo era nada menos que la novia de Aaron Rodgers, el quarterback de los GB Packers, el cual me llevaba a la Universidad del Sur de California al homenaje que se hacía en su honor.
Él vestía impecablemente de traje negro, camisa blanca, corbata de rombos con los colores de la universidad, y se veía guapísimo, alto e imponente.
Me pidió que lo esperara al fondo de la tienda de regalos, junto al acceso de Solo Personal Autorizado, se acercó al mostrador, charló con una asombrada cajera de la dulcería y volvió con un refresco, y un jersey femenil de los Packers con su nombre. Luego me acorraló contra la pared entre sus poderosos brazos y torso. Me dijo que me amaba, que los homenajes eran para él como una tortura, y que seguramente me iba a extrañar en el escenario. Yo no pude sino aconsejarle que disfrutara su tiempo en el escenario, haciendo de cada momento un instante especial. Luego me dio un beso de despedida antes de irse por la puerta que estaba a mi derecha.
Parte de su escolta se quedó conmigo y me llevaron a la primera fila del auditorio de la universidad, pero no justo al frente del escenario, sino en un costado de la tarima que, a modo de pasarela, serviría al evento con el telón cerrado.
Cuando empezó el homenaje, el rector de la universidad presentó en inglés a la gran estrella de fútbol que había traído los laureles a la universidad después de haber sido seleccionado quinto en su generación, sorprendiéndolos a todos gratamente.
Entonces de la abertura del telón surgió mi novio con la corbata en la cabeza, la camisa desabotonada hasta la mitad dejando ver su formidable musculatura y sin pantalones ni zapatos, además de bastante despeinado. Sus bóxers eran azul marino con resortes grises y sus calcetines negros con rombos dorados. Traía en la mano un micrófono y se puso a hacer chistes a diestra y siniestra a un desconcertado publico que se preguntaba qué estaba pasando. Muchos creyeron que estaba borracho, pero por un guiño que me hizo al verme supe que no era así, sino que estaba siguiendo mi consejo de hacer de cada experiencia escénica un momento memorable.
Luego hablo de su inspiración y de la mujer a la que dedicaba sus victorias. Pidió un aplauso para mi y se soltó a cantar "Anything you want, you got it" de Roy Orbison, con una voz clara y dulce, como un arrullo y me pidió que subiera al escenario con él.
Pero cuando me tendió la mano para invitarme a subir, cientos de fanáticos descontrolados que surgieron de las filas detrás de mí le jalaron el brazo, la camisa, y subieron al escenario a envolverlo en cinta amarilla de precaución hasta hacerlo un ovillo y lo sacaron en hombros por la abertura del telón, sin que su escolta o yo pudiéramos hacer nada para evitarlo.
Cada día desde que tuve ese sueño, siento que tengo un vínculo especial con él. Cada victoria suya la siento como propia, y cuando leo algo de el me parece escuchar su voz de nuevo.
El domingo de la semana en que soñé esto los GB Packers perdieron el invicto contra los KC Chiefs en un partido que yo no pude ver pero lo seguí obsesivamente en mi aplicación de iPod. Poco tiempo después estaban en los playoffs, pero yo conseguí un trabajo en domingo que me impedía ver los partidos y justo el domingo en que empecé a trabajar, Green Bay y mi amado Aaron fueron eliminados por los NY Giants.
El segundo sueño fue protagonizado por Javier Hernández, alias "el Chicharito". Empieza una mañana tibia en un hotel cinco estrellas de Guadalajara. Yo fui allí de vuelo con mi papá y él estaba entrenando con la Selección en aquella ciudad.
Nos encontramos en el lobby bar, un pequeño oasis aislado detrás de un cristal grueso que lo separaba del ruidoso lobby dorado y rosado todo de frío mármol. El bar tenía mullidos sillones de gamuza color caramelo. Había un particularmente cómodo love seat en el que yo leía despreocupadamente bebiendo un martini, mientras él me observaba desde el asiento de al lado. Me hizo una pregunta que ni siquiera escuché bien porque estaba demasiado inmersa en mi libro como para aceptar interrupciones. Quise hacerle saber lo inoportuno que me parecía su comentario. Lo miré directamente y me shockeó por un segundo la belleza de sus ojos y la franqueza de su sonrisa (y me pareció que él lo notó), pero creo que debido a la distorsión de la cámara, no lo reconocí como la estrella de fútbol que yo seguía. Discutimos unos minutos durante los cuales él parecía divertido y atónito a la vez de que yo no lo reconociera. Yo me enojaba cada vez más por su insistente sonrisa que me parecía irritante. Finalmente su curiosidad venció a su diversión cuando me preguntó "¿De vedad no me reconoces?". En ese momento lo miré bien y me quedé muda de asombro pero a él pareció encantarle mi consternación. Me invitó una copa, me preguntó sobre mi vida, mis gustos, el teatro y luego me preguntó si podía acompañarlo a cenar. Todavía algo apenada le dije que eso era poco probable, puesto que tendría que discutirlo con mi padre.
Cuando los presenté tuve que esforzarme mucho por no reírme de mi papá, al que casi se le fue la quijada al suelo cuando vio quien le pedía permiso para llevarse a su hija a cenar. Se fueron aparte a discutir un rato y yo me quedé a observar, ya que temía que no congeniaran y mi papá me impidiera salir con él. Pero mis temores resultaron infundados porque desde lejos pude ver sus gestos y darme cuenta de que, al igual que yo, mi papá estaba encantado con él. Volvió con una gran sonrisa diciendo que era el mejor futbolista con el que ha hablado y que por supuesto que podía llevarme a donde quisiera. Es más, incluso me llevó a comprar un vestido blanco vaporoso y escotado y zapatos altos bonitos que estuvieran al nivel de mi cita.
Finalmente llegó la hora y bajé al lobby luciendo tan radiante que todos me voltearon a ver cuando salí del elevador a reunirme con él, que ya me estaba esperando vestido con un traje gris plata y con su más cálida sonrisa.
Lo tomé del brazo y me sentí enrojecer intensamente ante las miradas de todos. Aún así me concentré en sentir la suave seda de su traje y con un poco de esfuerzo sonreí y le pregunté casualmente "¿A dónde vamos?". Fue enorme mi sorpresa cuando me condujo de nuevo al elevador y me dijo confiado "Al Penthouse".
Durante el largo viaje en elevador, de nada menos que 35 pisos, fui incapaz de mirarlo a los ojos. Me había quedado lívida de angustia cuando contemplé las posibles implicaciones de aceptar un rendez-vous en privado con él. Mis manos sudorosas estaban tan apretadas que tardé en darme cuenta de que arrugaba la manga del fino traje. Pero una vez más mis miedos resultaron vanos.
Al llegar a la cima me quedé simplemente sin aliento al encontrarme con una sala rectangular decorada en cada esquina con jarrones en pedestales de bronce llenos de botones de rosa blancos y rojos mezclados por igual. En el centro del saloncito había un pequeño comedor de caoba con servicio para dos y al fondo una vista increíble de Guadalajara al atardecer.
Me senté aún temblando y contemplé como él me servía el vino en silencio. Finalmente se decidió a hablar y en su voz noté que estaba al menos tan nervioso como yo. Primero trató de hacerme un cumplido "Es increíble que puedas llegar a verte más hermosa que en la mañana". Yo no pude responder. Luego titubeó antes de hacer una broma sobre el ambiente tenso que se sentía "Yo creí que iba a ser el más nervioso en la cena, pero definitivamente tú me ganas por mucho". En ese momento me di cuenta de que no había peligro inmediato que me amenazara, respiré profundo y traté de relajarme, respondiendo con una sonrisa tímida a su comentario.
Entonces todo enloqueció (sí, aún más). Se arrodilló y sacó ante mis ojos como platos un anillo de platino y diamantes que me ofreció al tiempo que me pedía que fuera su esposa. Dijo que ya sabia que era una locura proponérmelo el mismo día en que me conoció pero que el era creyente del amor a primera vista y que nunca le había pasado así. Dijo que sabia que yo sentí lo mismo, que mi papá estaría de acuerdo, que sería el fin de los problemas económicos de mi familia y que incluso me podía salir de trabajar.
Durante todo este discurso miré intensamente en el interior de sus ojazos verdes en los que me podría perder y noté la sinceridad de sus palabras y mi corazón latiendo en mis oídos hasta que su voz tímida y casi infantil calló y yo sentí que me ahogaba en la emoción que, afortunadamente, halló salida y estallé en llanto. Él no supo cómo interpretar mi reacción y se quedó unos segundos eternos confundido, arrodillado frente a mi, el brazo tendido con el anillo entre sus dedos. Después sus ojos verdes también comenzaron a humedecerse cuando preguntó "¿No quieres?".
Yo comencé una torpe apología intercalada con sollozos y suspiros de que sí me parecía una locura, de que no me casaría por dinero y de que nunca querría abandonar el teatro sin importar quien ni como o por qué me lo pidiera. Mientras yo hablaba él se levantó, me dio la espalda y lentamente caminó hacia el ventanal con un ligero estremecimiento que sacudía su cuerpo con cada frase que yo decía.
Llegó hasta el ventanal y miró hacia el crepúsculo en silencio hasta que yo paré de hablar, y finalmente volvió su cara hacia mi para preguntar "¿Todo esto significa que no sientes lo mismo?" Y su carita de ángel con la puesta de sol sobre la ciudad de fondo y lo desgarrador de su sentimiento ablandaron lo que quedaba de mi resistencia y me obligaron a ceder al impulso del momento y correr a consolarlo. Me lancé en sus brazos y así me quedé llorando refugiada en su pecho en un abrazo muy largo, aspirando su perfume mientras él acariciaba mi cabello. Luego dije "Sí te amo" y él contestó "Entonces cásate conmigo, en los términos que tú quieras, pero por favor no rompas mi corazón, yo sé que eres la indicada."
Tras esas palabras alcé la vista y me permití perderme en sus ojos verdes brillantes de agua y sol, durante un segundo interminable antes de que el sol coloreara de dorado mis párpados en un beso tierno que selló mis labios.
Y ese fue el fin del sueño, creo que nunca le dije que sí. Y también creo que estos sueños pueden ser resultado de leer demasiadas novelas rosas.
Papas del carrito
Éste es un sueño de hace tres o cuatro días. Estaban Bofes, Meribet, Condito, Muñe y Miguel, Vane y creo que otros de los que ya no me acuerdo. Estábamos en CU y yo quería comprar papas del carrito, pero solo tenía un billete de 500 pesos. Les compré papas a todos para que me aceptaran el billetote. Platicamos de teatro, nos sentamos en la banqueta de un lugar lleno de pasto seco que se me metía en la ropa, y luego se hizo de noche, fuimos al McDonald's de Galerías Coapa a comer postres. Después fuimos a un bar a tomar unas cervezas. La música estaba muy fuerte, la luz era escasa y la cerveza nunca me ha gustado mucho, así que estaba allí muy a disgusto. Además, cuando me di cuenta ya pasaban de las 11 y yo no llevaba carro, así que me iba a salir muy caro volver a casa en taxi. Para colmo me di cuenta que ya solo me quedaban veinte pesos y algunas monedas. Entonces le pregunté a Condito que si me podía pagar las papas que le había comprado. Y él dijo en voz muy alta para que todos lo escucharan "¿Me vas a cobrar las papas que me invitaste? ¡Qué mala onda! Y yo que creía que era un pago por todos los favores que te he hecho." y los demás también empezaron a recriminarme cosas por el estilo como que les debo dinero o creían que era una ofrenda de paz o un símbolo de arrepentimiento, o el pago de un castigo, o que ya era la enésima vez que parecía que les iba a ayudar pero no lo hacía... En resumen fue un sueño de culpa. Y al despertar me sentí muy inquieta. ¿Cuándo me han dado mis amigos razones para sentirme así?
miércoles, 11 de abril de 2012
Como pudo haber pasado
Estaba en la única habitación de un motel en la que recuerdo haber estado en mi vida, con la única persona que me ha llevado a un lugar así para usarlo como se debe. Empezamos a besarnos en la cama, a girar y acariciarnos. Las luces estaban apagadas y las cortinas cerradas, pero había bastante claridad en el interior, todo en sepia. Los besos y las caricias eran salvajes, impregnados de violencia. Las dimensiones del lugar estaban trastocadas y mi perspectiva cambiaba constantemente, como si estuviera viendo una película.
Cuando comencé a desabotonarle la camisa a rayas negras y moradas, él se separó de mí y se cubrió rápidamente con una enorme maleta negra de carrito. Yo me asomé sobre el objeto "¿Te escondes?" y él contestó "Sí. No quiero que me veas" Entonces yo me incorporé, me alejé un paso de la cama y de un sólo movimiento me quedé desnuda. Abrí los brazos y alcé la frente "Pues aquí estoy yo, mírame"
Él se quedó unos segundos tendido debajo de su ridícula maleta mirándome embobado, pero en cuanto se sentó y extendió la mano con intención de tocarme yo corrí lejos de su alcance, y me recliné sobre una especie de diván de felpa. Preguntó "¿Qué haces?" y yo respondí "Huyo. ¡Alcánzame!" Y eché a correr por todo el lugar, en cueros y riendo, mientras la luz se volvía cada vez más mortecina y azulada, indicando la caída de la noche. Él me perseguía, desvistiéndose en el proceso, siguiéndome el juego de ninfa del bosque.
Cuando por fin me atrapó los dos jadeábamos sudorosos. Me tiró en la cama, cubriéndome con su cuerpo envuelto en una toalla y me besó largamente. Mientras lo besaba percibí el sabor a pasta dental en su boca y recordé que yo no me había lavado los dientes. Me atacó la necesidad compulsiva de ir al lavabo. Lo empujé, tirando sobre él la toalla y caminé hacia el baño sin mirar atrás.
La luz del espejo se prendió automáticamente al llegar yo y me miré, desnuda, sudorosa, maquillada, sin joyas, absolutamente sensual. No sé de dónde obtuve cepillo y pasta y me lavé la boca a conciencia. Incluso usé enjuague bucal. Volví a la cama gateando sinuosamente sobre una mullida alfombra, me tendí sobre él y lo volví a besar, derramando mi cabello sobre su cara y pecho. "Mmmh... dentífrico" me susurró entre besos y finalmente aparté la toalla y nuestros cuerpos se juntaron. Allí acabó el sueño.
Cuando comencé a desabotonarle la camisa a rayas negras y moradas, él se separó de mí y se cubrió rápidamente con una enorme maleta negra de carrito. Yo me asomé sobre el objeto "¿Te escondes?" y él contestó "Sí. No quiero que me veas" Entonces yo me incorporé, me alejé un paso de la cama y de un sólo movimiento me quedé desnuda. Abrí los brazos y alcé la frente "Pues aquí estoy yo, mírame"
Él se quedó unos segundos tendido debajo de su ridícula maleta mirándome embobado, pero en cuanto se sentó y extendió la mano con intención de tocarme yo corrí lejos de su alcance, y me recliné sobre una especie de diván de felpa. Preguntó "¿Qué haces?" y yo respondí "Huyo. ¡Alcánzame!" Y eché a correr por todo el lugar, en cueros y riendo, mientras la luz se volvía cada vez más mortecina y azulada, indicando la caída de la noche. Él me perseguía, desvistiéndose en el proceso, siguiéndome el juego de ninfa del bosque.
Cuando por fin me atrapó los dos jadeábamos sudorosos. Me tiró en la cama, cubriéndome con su cuerpo envuelto en una toalla y me besó largamente. Mientras lo besaba percibí el sabor a pasta dental en su boca y recordé que yo no me había lavado los dientes. Me atacó la necesidad compulsiva de ir al lavabo. Lo empujé, tirando sobre él la toalla y caminé hacia el baño sin mirar atrás.
La luz del espejo se prendió automáticamente al llegar yo y me miré, desnuda, sudorosa, maquillada, sin joyas, absolutamente sensual. No sé de dónde obtuve cepillo y pasta y me lavé la boca a conciencia. Incluso usé enjuague bucal. Volví a la cama gateando sinuosamente sobre una mullida alfombra, me tendí sobre él y lo volví a besar, derramando mi cabello sobre su cara y pecho. "Mmmh... dentífrico" me susurró entre besos y finalmente aparté la toalla y nuestros cuerpos se juntaron. Allí acabó el sueño.
El chicle y el cuchillo
No sé qué locura me dio por saber de qué color son por dentro las pastillas de Clorets. Y se me ocurrió la forma más estúpida de tratar de averiguarlo. Con el cuchillo mediano de la cocina del depa, pretendía partir una pastilla en dos con un solo golpe firme, como quien le saca el hueso a un aguacate. Decidí no sostener el chicle durante la operación para evitarme el riesgo de perder un dedo. Entonces tomé el cuchillo de la alacena y me dirigí a la sala.
Llevaba puestos unos shorts de mezclilla color beige que hace años que no me entraban, pero como ahora soy más delgada de lo que había sido en mucho tiempo y ha estado lo suficientemente cálido el clima para usar shorts en la ciudad, los busqué entre la ropa de verano de mi mamá y me los puse con una camiseta amarilla de tirantes, al fin que no pretendía salir de casa hoy. Andaba descalza. Me senté en el futón, al que recién le cambié la sábana negra de cuadros, que estaba ya muy sucia, por una limpia blanca con amarillo.
Y aquí viene lo bueno. Me puse la pastilla verde sobre el muslo desnudo y tostado por el sol, sin considerar lo peligrosa que era la operación que estaba a punto de hacer, las altas probabilidades de que fallara y las terribles consecuencias que eso traería. Yo estaba segura de que lo podía hacer sin lastimarme. Levanté el cuchillo y me decidí. Entonces todo pasó como en cámara lenta: mientras el cuchillo bajaba tuve un atisbo de duda: ¿Y si no puedo? Pero ya era tarde para detener el movimiento violento con el cual el cuchillo chocó contra la capa dura de confitado verde del chicle, el cual se deslizó hacia un lado sin dejarse cortar y salió proyectado contra el escritorio de madera frente a mí. Luego vi como mi piel se doblaba cuan flexible era sin ceder a la hoja del cuchillo que, después de todo, no estaba tan bien afilado. Pero después el filo topó contra un obstáculo más sólido: mi fémur. Y en ese momento las dos ondas que había formado mi piel a cada lado del cuchillo se alisaron, y en un instante que pareció eterno pude ver el arma metida en mi pierna sin sangre alrededor.
Después todo se aceleró tanto que no supe ni cómo me puse en pie con la pierna insensibilizada y el cuchillo metido hasta el tuétano en medio de un charco de sangre que cubría la alfombra, el futón, mi ropa... No podía sentir el dolor, pero sí percibí el hierro de mi sangre alrededor mío antes de recuperar la conciencia.
Sin duda la forma más fácil de saber si un Clorets es verde también por dentro es morder una mitad e inspeccionar la otra.
Llevaba puestos unos shorts de mezclilla color beige que hace años que no me entraban, pero como ahora soy más delgada de lo que había sido en mucho tiempo y ha estado lo suficientemente cálido el clima para usar shorts en la ciudad, los busqué entre la ropa de verano de mi mamá y me los puse con una camiseta amarilla de tirantes, al fin que no pretendía salir de casa hoy. Andaba descalza. Me senté en el futón, al que recién le cambié la sábana negra de cuadros, que estaba ya muy sucia, por una limpia blanca con amarillo.
Y aquí viene lo bueno. Me puse la pastilla verde sobre el muslo desnudo y tostado por el sol, sin considerar lo peligrosa que era la operación que estaba a punto de hacer, las altas probabilidades de que fallara y las terribles consecuencias que eso traería. Yo estaba segura de que lo podía hacer sin lastimarme. Levanté el cuchillo y me decidí. Entonces todo pasó como en cámara lenta: mientras el cuchillo bajaba tuve un atisbo de duda: ¿Y si no puedo? Pero ya era tarde para detener el movimiento violento con el cual el cuchillo chocó contra la capa dura de confitado verde del chicle, el cual se deslizó hacia un lado sin dejarse cortar y salió proyectado contra el escritorio de madera frente a mí. Luego vi como mi piel se doblaba cuan flexible era sin ceder a la hoja del cuchillo que, después de todo, no estaba tan bien afilado. Pero después el filo topó contra un obstáculo más sólido: mi fémur. Y en ese momento las dos ondas que había formado mi piel a cada lado del cuchillo se alisaron, y en un instante que pareció eterno pude ver el arma metida en mi pierna sin sangre alrededor.
Después todo se aceleró tanto que no supe ni cómo me puse en pie con la pierna insensibilizada y el cuchillo metido hasta el tuétano en medio de un charco de sangre que cubría la alfombra, el futón, mi ropa... No podía sentir el dolor, pero sí percibí el hierro de mi sangre alrededor mío antes de recuperar la conciencia.
Sin duda la forma más fácil de saber si un Clorets es verde también por dentro es morder una mitad e inspeccionar la otra.
Actor contra músico
Este sueño resultó con moraleja: los artistas son muy apasionados, es peligroso enredarse con ellos y peor aún entre ellos.
Comienza en una noche en la cual dormí fuera de casa. Me encontré en una situación comprometedora desde el inicio porque me volví el agente intermedio en la cama entre un hombre y una lesbiana. Se trataba de dos compañeros actores, Franco y Jun. No voy a negar que lo disfruté, pero me perturbó en más de una forma. Primera: Franco tiene novia y segunda: yo no soy lesbiana, para andarme dejando tocar por Jun. Pero de las dos alternativas elegí la de él, y me volví en su dirección para toparme con sus labios resecos en un beso discreto y silencioso.
Después de eso tuvimos encuentros furtivos en lugares llenos de gente, con ese particular thrill of the chase que siempre me ha vuelto loca. Nos hicimos amantes. Franco es moreno, muy delgado, pero sólido. Tiene el cabello corto y la cara afilada. Me gusta la sensación de sus costillas bajo la piel, sus brazos fuertes y manos finas. Me gusta como siempre parece querer acercarse pero en público no se atreve y cómo manifiesta en mil maneras su necesidad.
Hubo una fiesta organizada por mí en casa de mis padres. Milagrosamente, como milagros ocurren en los sueños, asistieron a ella todas las personas que invité via Facebook, músicos, pintores, teatreros, etc.
No sé cómo llegué al asiento trasero del Matiz de mi papá, que en mi sueño parecía enorme y espacioso, bajo un domo de acrílico ahumado cubierto de enredadera que revelaba el cielo brillante del atardecer. En los asientos delanteros, dos músicos, amigos de la prepa, discutían ideas nuevas creyendo que yo los escuchaba.
Ellos no sabían que habían perdido mi atención cuando de abajo de un enorme cobertor peludo color café y crema con diseño de flores que estaba junto a mí en el asiento sentí unos dedos finos que me acariciaron brazo arriba y no esperé para sumergirme en besos callados y apasionados en la oscuridad al abrigo del cobertor.
No me dí cuenta hasta tocar su cabello de que no se trataba de mi amante. Algo asustada, retiré el cobertor para mirarlo a la cara y me topé con unos ojos azules en los que me podría ahogar. La persona que tenía frente a mí era un guitarrista llamado Alex, conocido de mis lejanos días de primaria, que en toda su vida no me había siquiera mirado amablemente. Pero ahí estaba intimidándome con esos ojazos, la melena alborotada y la tez pálida y perfecta.
Me dijo "Te amo, quiero que seas mía" sin un ápice de sarcasmo en su voz. Recordé las hermosas canciones dedicadas a sus exnovias que yo le había escuchado cantar y me maravillé al instante de ser la causa de una emoción tan violenta en él. Pensé un instante en Franco y lo mucho que me atrae, pero es solo una aventura, esto es real. ¿Qué más da? Al final el que no arriesga, no gana. Le contesté "Está bien, seré tuya" y me besó de nuevo en una espiral descendente y colorida sin fondo.
En un teatro de Taxco al borde de una escalera de madera había una figura alta de pies grandes envuelta en una cortina de baño rosa con flores verdes. Yo sabía que era uno de ellos, aunque no podría haber distinguido cuál de los dos. Pero me asaltó un deseo irrefrenable de besar a ciegas, y cedí al impulso. No fué hasta unos segundos más tarde que empecé a pensar en las consecuencias de mi acción. Por los labios resecos supe que besaba a Franco, con mi cabeza metida entre los pliegues de la cortina. Sí lo deseo mucho, sí me enloquece, pero Alex me da eso y más. ¿Qué pasaría si se enterara?
Entonces interrumpí el beso asustada. Y después todo pasó muy rápido: la cortina de flores cayó desgarrada al suelo, el fantasma de Franco se disolvió con un doloroso gemido y ante mi vi la temible figura de Alex con llamas en los ojos, más alto de lo que lo he visto nunca. Me llamó puta, me condenó a una vida de soledad, y me dijo muchas otras cosas terribles que creo que preferí ya no recordar. Finalmente se fue, furioso, y azotó la puerta tras él. Yo caí de rodillas llorando sobre la cortina de flores al borde de la escalera de madera.
Comienza en una noche en la cual dormí fuera de casa. Me encontré en una situación comprometedora desde el inicio porque me volví el agente intermedio en la cama entre un hombre y una lesbiana. Se trataba de dos compañeros actores, Franco y Jun. No voy a negar que lo disfruté, pero me perturbó en más de una forma. Primera: Franco tiene novia y segunda: yo no soy lesbiana, para andarme dejando tocar por Jun. Pero de las dos alternativas elegí la de él, y me volví en su dirección para toparme con sus labios resecos en un beso discreto y silencioso.
Después de eso tuvimos encuentros furtivos en lugares llenos de gente, con ese particular thrill of the chase que siempre me ha vuelto loca. Nos hicimos amantes. Franco es moreno, muy delgado, pero sólido. Tiene el cabello corto y la cara afilada. Me gusta la sensación de sus costillas bajo la piel, sus brazos fuertes y manos finas. Me gusta como siempre parece querer acercarse pero en público no se atreve y cómo manifiesta en mil maneras su necesidad.
Hubo una fiesta organizada por mí en casa de mis padres. Milagrosamente, como milagros ocurren en los sueños, asistieron a ella todas las personas que invité via Facebook, músicos, pintores, teatreros, etc.
No sé cómo llegué al asiento trasero del Matiz de mi papá, que en mi sueño parecía enorme y espacioso, bajo un domo de acrílico ahumado cubierto de enredadera que revelaba el cielo brillante del atardecer. En los asientos delanteros, dos músicos, amigos de la prepa, discutían ideas nuevas creyendo que yo los escuchaba.
Ellos no sabían que habían perdido mi atención cuando de abajo de un enorme cobertor peludo color café y crema con diseño de flores que estaba junto a mí en el asiento sentí unos dedos finos que me acariciaron brazo arriba y no esperé para sumergirme en besos callados y apasionados en la oscuridad al abrigo del cobertor.
No me dí cuenta hasta tocar su cabello de que no se trataba de mi amante. Algo asustada, retiré el cobertor para mirarlo a la cara y me topé con unos ojos azules en los que me podría ahogar. La persona que tenía frente a mí era un guitarrista llamado Alex, conocido de mis lejanos días de primaria, que en toda su vida no me había siquiera mirado amablemente. Pero ahí estaba intimidándome con esos ojazos, la melena alborotada y la tez pálida y perfecta.
Me dijo "Te amo, quiero que seas mía" sin un ápice de sarcasmo en su voz. Recordé las hermosas canciones dedicadas a sus exnovias que yo le había escuchado cantar y me maravillé al instante de ser la causa de una emoción tan violenta en él. Pensé un instante en Franco y lo mucho que me atrae, pero es solo una aventura, esto es real. ¿Qué más da? Al final el que no arriesga, no gana. Le contesté "Está bien, seré tuya" y me besó de nuevo en una espiral descendente y colorida sin fondo.
En un teatro de Taxco al borde de una escalera de madera había una figura alta de pies grandes envuelta en una cortina de baño rosa con flores verdes. Yo sabía que era uno de ellos, aunque no podría haber distinguido cuál de los dos. Pero me asaltó un deseo irrefrenable de besar a ciegas, y cedí al impulso. No fué hasta unos segundos más tarde que empecé a pensar en las consecuencias de mi acción. Por los labios resecos supe que besaba a Franco, con mi cabeza metida entre los pliegues de la cortina. Sí lo deseo mucho, sí me enloquece, pero Alex me da eso y más. ¿Qué pasaría si se enterara?
Entonces interrumpí el beso asustada. Y después todo pasó muy rápido: la cortina de flores cayó desgarrada al suelo, el fantasma de Franco se disolvió con un doloroso gemido y ante mi vi la temible figura de Alex con llamas en los ojos, más alto de lo que lo he visto nunca. Me llamó puta, me condenó a una vida de soledad, y me dijo muchas otras cosas terribles que creo que preferí ya no recordar. Finalmente se fue, furioso, y azotó la puerta tras él. Yo caí de rodillas llorando sobre la cortina de flores al borde de la escalera de madera.
París y la destrucción de los aviones
Éste fué el sueño que dio origen a la idea del blog. Primero lo publiqué en una nota en Facebook, pero luego me di cuenta de que no quería que todos mis amigos se enteraran de mi diario de sueños. Así nació SIGUE SOÑANDO.
Soñé que iba a París por primera vez, pero solo con mis papás, sin mi hermano. Ellos estaban peleados y no se hablaban. Mi mamá sufría una regresión y me quería tener en brazos todo el tiempo. Elplan era que el viaje duraría solo 5 días, y aún así desperdiciamos todo el primero encerrados en el hotel. Se trataba de un hotel de lujo pero viejísimo, construido al estilo Art Deco, todo dorado y negro por dentro.
Ese día me di cuenta de que todos habían sido muy felices allí excepto yo y dos niños llamados Eustace, de siete años (como sacado de La travesía del Viajero del Alba) que había vivido en el hotel toda su vida sin salir nunca a la calle y Lucía de diez años (me refiero a Lucía IHA, a la que no conocí cuando tenía diez, pero juraría que era exactamente así) cuyos padres estaban en trámites de divorcio, peleando siempre y me identifiqué mucho con ella. A pesar de haber averiguado todo esto, yo sentí que habíamos desperdiciado el día. ¡Con todo lo que hay que ver en París!
Cuando entré a la habitación en la noche, todo estaba lleno de humo de incienso, del que mamá puso como diez varitas de olores diferentes al mismo tiempo. Era demasiado humo para mi gusto. Papá veía la tele desde la cama. Yo fui a la ventana y vi la Torre Eiffel tan cerca que pude leer la fecha inscrita a sus pies.
No se como llegamos allí, pero de pronto los tres estábamos en un embarcadero al pie de la torre del que se veía que un barco acababa de zarpar esa misma tarde. Nos quedamos viendo el agua negra del río fundirse con el cielo púrpura, con las luces de la ciudad a nuestras espaldas. Súbitamente, zumbando muy cerca de nosotros, pasó un avión de Mexicana que fue a estrellarse en el agua del horizonte cercano con un sonoro crujido de choque. Entonces me di cuenta de lo que hacían: estaban destruyendo los aviones. Yo dije "Esto no puede pasar" y papá me contestó "Lo que no puede pasar es que los encuentren". Y así, uno a uno, vimos ser catapultados y hundidos nueve aviones que para mí parecían enormes.
Llorando desesperada, me lancé al agua desde el embarcadero. Mamá me siguió, llorando también, hasta que me abrazó y las dos nos hundimos suavemente mientras llorábamos de impotencia. Cuando salimos a la superficie papá ya estaba allí también, flotando con los brazos tendidos hacia el lugar donde se hundieron los aviones.
Yo razoné "Por lo menos nosotros ya vimos lo que paso y no podrán engañarnos, el problema ahora será decírselo al mundo y que nos crean". Entonces llegó un fotógrafo y un reportero a hacernos señas al pie de la torre. Mientras salíamos empapados de agua maloliente y aceite de barco, los escuché planeando entusiasmados lo que escribirían sobre nosotros en el periódico, y entonces supe que ésa sería nuestra oportunidad de ganarle la batalla al sistema.
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