martes, 4 de septiembre de 2012

Gallos del Comercio.

Ahora tengo la sana costumbre de despertarme a las 7am para trabajar en mi tesis. Pero hoy no lo conseguí. Dormí dos horas más y eso me dio tiempo de tener dos sueños. El primero de ellos se desarrolló en casa de mis papás, en la mañana siguiente de la cena de año nuevo.
Como ya es tradición jugar el Rose Bowl en la calle frente a la casa, esta vez invitaron a los Gallos del Comercio (equipo para el que jugó mi papá cuando era joven) a jugar para nosotros.
Llegaron en camionetas blancas que decían que de acuerdo con las autoridades gringas, los gallos del comercio ahora entrenan en las instalaciones de una escuela en Monterrey, NL.
Se estacionaron en el jardín triangular frente a mi casa, entre los magueyes. Diana, Yolomy y yo nos subimos a una de sus camionetas para resguardarnos del sol y desde allí verlos calentar, haciendo pases.
Mientras los observaba me di cuenta de que en sus cascos traían impresas al revés las letras y el logo del equipo.
Cuando uno de ellos se acerco para buscar su casco noté que no eran ni muy guapos ni muy brillantes y enseguida perdí el interés por ellos. Charlaba con mi tía Coty y con Lulú, la vecina, cuando estallo una disputa en la calle a mis espaldas. Resulta que los miembros del equipo de basquetbol división A del CEL, generación XXXIV (en el que mi hermano jugó en su tiempo) estaban reuniéndose allí para celebrar su partido de reencuentro y peleaban el espacio con los gallos. El capitán del equipo era Luis Ernesto. Yo estaba feliz de volverlo a ver tras tantos años. Lo llamé para platicar y me llevó al autobús en el que llegaron. Dijo: 'me gustan estos camiones' y yo le contesté 'a mi también porque me traen infinidad de buenos recuerdos'. Observé con atención el camión. Cada fila tenía cuatro asientos del lado derecho del pasillo y dos del izquierdo. Los respaldos estaban forrados de terciopelo azul marino. En eso llamaron a Luis Ernesto y me quede sola en el vehículo. Me pregunté si tenía baño y, al dirigirme hacia el fondo para averiguar, descubrí que cada asiento era un retrete. Quise probarlos, pero en el momento de hacerlo se acercó un profesor. Yo bajé corriendo y saludé torpemente, esperando que nadie notara la travesura que hice por ahí de la sexta o séptima fila.
Entré corriendo a casa donde encontré a mamá, todavía vestida con la ropa de la cena pero ya despeinada, muy atareada limpiando unas manchas de lodo del piso. Comprobé que mis zapatos no trajeran lodo y corrí escaleras arriba. En el cuarto de mis papás habían dos camas, todas rebosantes de niños, algunos de los cuales estaban vestidos como gemelos. Todos veían la tele. Yo me puse a cantar como Sor YeYe y todos empezaron a seguirme. Y allí estaban Luis Ernesto e Idalia, Yolomy y Diana, y sonó el despertador.

Vulcano o la muerte de Hawaii

El sueño transcurre en un hotel de lujo en la ladera de un volcán. Da inicio en un campo de golf que parecía sacado de algún videojuego, en el que mi caddy era un hombre pelirrojo gordo y sonriente, como el chef Gusteau. Gané los primeros dos hoyos pero el tercero estaba mas allá de mi capacidad y terminé metiéndome en un espiral de tierra con aceleradores que según yo desembocaba en la plataforma intermedia del par 3. Sin querer puse el dedo en la ruta de la pelota y le impedí continuar su camino; para cuando intenté colocarla de nuevo en su trayectoria, los aceleradores ya se habían apagado, así que salí de los espirales frustrada por mi fracaso y con la pelota en la mano.
Pero no estaba en la plataforma del campo de golf, sino en una sala de cine. Mi caddy estaba allí y me dedicó una última sonrisa antes de que se apagaran las luces para que la película empezara. La poca gente que me alcanzó a ver se reía de mí como si todos hubiesen presenciado el golfístico fracaso. Entonces me concentré en la pantalla, que en ese momento transmitía el compromiso de Natalia Traven con la construcción del Vulcano tal como su padre lo soñó antes de su muerte. El documental hablaba de las dificultades y riesgos que entrañaba el desarrollo turístico en un lugar tan inestable debido a los volcanes activos y la actividad tectónica de la isla, pero finalmente ese era el lugar en el que nos encontrábamos.
Y justo en ese momento se produjo la erupción volcánica.
Por un momento corrí en la oscuridad percibiendo cada vida como un punto de luz muy tenue. y en un parpadeo me encontraba ya en una enorme galera, rodeada de niños, en compañía de Natalia Traven que nos explicaba qué pensaba hacer después: cobrar el seguro, reconstruir el Vulcano... Pero al mirar atrás me di cuenta de que ya nada de eso podría ser. La isla detrás de nosotros era una vorágine de piedra fundida entre una enorme nube de vapor. El magma se agitó una última vez en oleadas ardientes y finalmente la isla se sumió en las aguas para siempre. No existía ya.
Mientras se acercaban a contracorriente la guardia civil, policía, prensa y servicios de rescate, nuestra galera era el barco mas grande y veloz que se alejaba hacia el horizonte sobre el mar ardiente y enbravecido en el gigantesco éxodo provocado por el fin de esa isla polinesia.