Cómo hacen reflexionar las pesadillas (incluso las ajenas) a las cuatro de la madrugada.
Estudiando aviación entendí que es importante ser capaz de aprender de los errores de otros, porque no siempre se puede vivir suficiente para cometerlos todos.
De la inconstante conexión a internet aprendí a apreciar lo bueno cuando lo tengo y no esperar hasta perderlo.
Hoy murió en un accidente el amigo de un amigo y me hizo recordar que la vida es efímera. Esa es una de las cosas que la hace tan valiosa. Como no sabemos cuando nos toca, a bueno estar prevenidos y tener todas las cuentas saladas para irnos en paz.
Me dí cuenta de que hay algunas personas importantes en mi vida con las que he perdido contacto. Recién volví a comunicarme (para pedir algo, de lo cual no estoy muy orgullosa) con alguien que en la prepa era mi amiga y ahora, a pesar de trabajar en el mismo ámbito, no habíamos hablado en años. Me alegra haberlo hecho y estoy decidida a no dejar que me pase otra vez.
Por eso, después de un duro golpe de inconsciente y una pequeña dosis de realidad, concluí que no hay mejor momento que el presente para decirles a mis amigos que los quiero, que soy muy afortunada de conocerlos y que espero que formemos nuevos recuerdos, además de los que ya teníamos desde antes, porque nunca sobran.
martes, 22 de enero de 2013
Pesadilla ajena (gracias al cielo)
domingo, 9 de diciembre de 2012
Esto de verdad pasó?
Hoy, por primera vez en muchos años, pasó en mi vida algo tan inverosímil y maravilloso como lo que pasa en mis sueños, al grado de que no me lo puedo creer. Sin embargo, a pesar de ello, me siento triste. Es la parte mas onírica del asunto. Soy un personaje de comedia. Tengo un vicio, me meto en problemas por él, y luego cuando trato de salirme únicamente empeoro la situación, y sufro por ello. Quisiera poder distinguir mejor las circunstancias propicias para abrir mi bocota (y, sobre todo, las palabras que salen de ella), ése es el meollo del asunto. Por lo menos me queda el consuelo de haber expresado mi deseo y semi-obtenido lo que quería. Aunque temo que las consecuencias esta vez puedan ser desastrosas. Otra vez me quedo con la amarga sensación de haber hablado de mas y, lo que es peor, deseado de más.
martes, 4 de septiembre de 2012
Gallos del Comercio.
Ahora tengo la sana costumbre de despertarme a las 7am para trabajar en mi tesis. Pero hoy no lo conseguí. Dormí dos horas más y eso me dio tiempo de tener dos sueños. El primero de ellos se desarrolló en casa de mis papás, en la mañana siguiente de la cena de año nuevo.
Como ya es tradición jugar el Rose Bowl en la calle frente a la casa, esta vez invitaron a los Gallos del Comercio (equipo para el que jugó mi papá cuando era joven) a jugar para nosotros.
Llegaron en camionetas blancas que decían que de acuerdo con las autoridades gringas, los gallos del comercio ahora entrenan en las instalaciones de una escuela en Monterrey, NL.
Se estacionaron en el jardín triangular frente a mi casa, entre los magueyes. Diana, Yolomy y yo nos subimos a una de sus camionetas para resguardarnos del sol y desde allí verlos calentar, haciendo pases.
Mientras los observaba me di cuenta de que en sus cascos traían impresas al revés las letras y el logo del equipo.
Cuando uno de ellos se acerco para buscar su casco noté que no eran ni muy guapos ni muy brillantes y enseguida perdí el interés por ellos. Charlaba con mi tía Coty y con Lulú, la vecina, cuando estallo una disputa en la calle a mis espaldas. Resulta que los miembros del equipo de basquetbol división A del CEL, generación XXXIV (en el que mi hermano jugó en su tiempo) estaban reuniéndose allí para celebrar su partido de reencuentro y peleaban el espacio con los gallos. El capitán del equipo era Luis Ernesto. Yo estaba feliz de volverlo a ver tras tantos años. Lo llamé para platicar y me llevó al autobús en el que llegaron. Dijo: 'me gustan estos camiones' y yo le contesté 'a mi también porque me traen infinidad de buenos recuerdos'. Observé con atención el camión. Cada fila tenía cuatro asientos del lado derecho del pasillo y dos del izquierdo. Los respaldos estaban forrados de terciopelo azul marino. En eso llamaron a Luis Ernesto y me quede sola en el vehículo. Me pregunté si tenía baño y, al dirigirme hacia el fondo para averiguar, descubrí que cada asiento era un retrete. Quise probarlos, pero en el momento de hacerlo se acercó un profesor. Yo bajé corriendo y saludé torpemente, esperando que nadie notara la travesura que hice por ahí de la sexta o séptima fila.
Entré corriendo a casa donde encontré a mamá, todavía vestida con la ropa de la cena pero ya despeinada, muy atareada limpiando unas manchas de lodo del piso. Comprobé que mis zapatos no trajeran lodo y corrí escaleras arriba. En el cuarto de mis papás habían dos camas, todas rebosantes de niños, algunos de los cuales estaban vestidos como gemelos. Todos veían la tele. Yo me puse a cantar como Sor YeYe y todos empezaron a seguirme. Y allí estaban Luis Ernesto e Idalia, Yolomy y Diana, y sonó el despertador.
Como ya es tradición jugar el Rose Bowl en la calle frente a la casa, esta vez invitaron a los Gallos del Comercio (equipo para el que jugó mi papá cuando era joven) a jugar para nosotros.
Llegaron en camionetas blancas que decían que de acuerdo con las autoridades gringas, los gallos del comercio ahora entrenan en las instalaciones de una escuela en Monterrey, NL.
Se estacionaron en el jardín triangular frente a mi casa, entre los magueyes. Diana, Yolomy y yo nos subimos a una de sus camionetas para resguardarnos del sol y desde allí verlos calentar, haciendo pases.
Mientras los observaba me di cuenta de que en sus cascos traían impresas al revés las letras y el logo del equipo.
Cuando uno de ellos se acerco para buscar su casco noté que no eran ni muy guapos ni muy brillantes y enseguida perdí el interés por ellos. Charlaba con mi tía Coty y con Lulú, la vecina, cuando estallo una disputa en la calle a mis espaldas. Resulta que los miembros del equipo de basquetbol división A del CEL, generación XXXIV (en el que mi hermano jugó en su tiempo) estaban reuniéndose allí para celebrar su partido de reencuentro y peleaban el espacio con los gallos. El capitán del equipo era Luis Ernesto. Yo estaba feliz de volverlo a ver tras tantos años. Lo llamé para platicar y me llevó al autobús en el que llegaron. Dijo: 'me gustan estos camiones' y yo le contesté 'a mi también porque me traen infinidad de buenos recuerdos'. Observé con atención el camión. Cada fila tenía cuatro asientos del lado derecho del pasillo y dos del izquierdo. Los respaldos estaban forrados de terciopelo azul marino. En eso llamaron a Luis Ernesto y me quede sola en el vehículo. Me pregunté si tenía baño y, al dirigirme hacia el fondo para averiguar, descubrí que cada asiento era un retrete. Quise probarlos, pero en el momento de hacerlo se acercó un profesor. Yo bajé corriendo y saludé torpemente, esperando que nadie notara la travesura que hice por ahí de la sexta o séptima fila.
Entré corriendo a casa donde encontré a mamá, todavía vestida con la ropa de la cena pero ya despeinada, muy atareada limpiando unas manchas de lodo del piso. Comprobé que mis zapatos no trajeran lodo y corrí escaleras arriba. En el cuarto de mis papás habían dos camas, todas rebosantes de niños, algunos de los cuales estaban vestidos como gemelos. Todos veían la tele. Yo me puse a cantar como Sor YeYe y todos empezaron a seguirme. Y allí estaban Luis Ernesto e Idalia, Yolomy y Diana, y sonó el despertador.
Vulcano o la muerte de Hawaii
El sueño transcurre en un hotel de lujo en la ladera de un volcán. Da inicio en un campo de golf que parecía sacado de algún videojuego, en el que mi caddy era un hombre pelirrojo gordo y sonriente, como el chef Gusteau. Gané los primeros dos hoyos pero el tercero estaba mas allá de mi capacidad y terminé metiéndome en un espiral de tierra con aceleradores que según yo desembocaba en la plataforma intermedia del par 3. Sin querer puse el dedo en la ruta de la pelota y le impedí continuar su camino; para cuando intenté colocarla de nuevo en su trayectoria, los aceleradores ya se habían apagado, así que salí de los espirales frustrada por mi fracaso y con la pelota en la mano.
Pero no estaba en la plataforma del campo de golf, sino en una sala de cine. Mi caddy estaba allí y me dedicó una última sonrisa antes de que se apagaran las luces para que la película empezara. La poca gente que me alcanzó a ver se reía de mí como si todos hubiesen presenciado el golfístico fracaso. Entonces me concentré en la pantalla, que en ese momento transmitía el compromiso de Natalia Traven con la construcción del Vulcano tal como su padre lo soñó antes de su muerte. El documental hablaba de las dificultades y riesgos que entrañaba el desarrollo turístico en un lugar tan inestable debido a los volcanes activos y la actividad tectónica de la isla, pero finalmente ese era el lugar en el que nos encontrábamos.
Y justo en ese momento se produjo la erupción volcánica.
Por un momento corrí en la oscuridad percibiendo cada vida como un punto de luz muy tenue. y en un parpadeo me encontraba ya en una enorme galera, rodeada de niños, en compañía de Natalia Traven que nos explicaba qué pensaba hacer después: cobrar el seguro, reconstruir el Vulcano... Pero al mirar atrás me di cuenta de que ya nada de eso podría ser. La isla detrás de nosotros era una vorágine de piedra fundida entre una enorme nube de vapor. El magma se agitó una última vez en oleadas ardientes y finalmente la isla se sumió en las aguas para siempre. No existía ya.
Mientras se acercaban a contracorriente la guardia civil, policía, prensa y servicios de rescate, nuestra galera era el barco mas grande y veloz que se alejaba hacia el horizonte sobre el mar ardiente y enbravecido en el gigantesco éxodo provocado por el fin de esa isla polinesia.
Pero no estaba en la plataforma del campo de golf, sino en una sala de cine. Mi caddy estaba allí y me dedicó una última sonrisa antes de que se apagaran las luces para que la película empezara. La poca gente que me alcanzó a ver se reía de mí como si todos hubiesen presenciado el golfístico fracaso. Entonces me concentré en la pantalla, que en ese momento transmitía el compromiso de Natalia Traven con la construcción del Vulcano tal como su padre lo soñó antes de su muerte. El documental hablaba de las dificultades y riesgos que entrañaba el desarrollo turístico en un lugar tan inestable debido a los volcanes activos y la actividad tectónica de la isla, pero finalmente ese era el lugar en el que nos encontrábamos.
Y justo en ese momento se produjo la erupción volcánica.
Por un momento corrí en la oscuridad percibiendo cada vida como un punto de luz muy tenue. y en un parpadeo me encontraba ya en una enorme galera, rodeada de niños, en compañía de Natalia Traven que nos explicaba qué pensaba hacer después: cobrar el seguro, reconstruir el Vulcano... Pero al mirar atrás me di cuenta de que ya nada de eso podría ser. La isla detrás de nosotros era una vorágine de piedra fundida entre una enorme nube de vapor. El magma se agitó una última vez en oleadas ardientes y finalmente la isla se sumió en las aguas para siempre. No existía ya.
Mientras se acercaban a contracorriente la guardia civil, policía, prensa y servicios de rescate, nuestra galera era el barco mas grande y veloz que se alejaba hacia el horizonte sobre el mar ardiente y enbravecido en el gigantesco éxodo provocado por el fin de esa isla polinesia.
lunes, 25 de junio de 2012
Migrar a tierras altas
Este sueño fue más largo, pero solamente recuerdo el fragmento que relato a continuación, en especial la frase de la que extraje el título.
Llovía a cántaros en Bosques del Lago y bajaba un río por Viena 2. Papá, Ro y yo veíamos una película en la cama de papás mientras mamá roncaba en el puff. Como era de suponer, se fue la luz y, como vimos que la tormenta arreciaba y no daba señales de terminar, papá decidió salir a meter la camioneta. Todavía había bastante luz de día, calculo que serían alrededor de las 4 pm. Ro y yo estábamos arrebujados en la cama, pero como papá tardaba más de lo esperado, decidí bajar a ver qué pasaba. Iba a media escalera cuando vi que por debajo de la puerta de la sala empezó a meterse el agua. Era inverosímil, puesto que estamos a media colina, y aunque a veces la calle se inunda mucho, nunca consideré ni remotamente posible que el agua subiera ocho escalones hasta el porche. La única posibilidad es que el lago hubiera crecido tanto que ya nos hubiera alcanzado, y al parecer eso fue lo que pasó, porque el agua no cesaba de subir y ya iba por medio vidrio cuando papá llegó a la puerta con la camisa negra de rayas moradas pegada a la piel, el cabello apelmazado y las botas vaqueras cubiertas de un lodo viscoso. Cuando abrió dejó entrar un torrente que subía a velocidad de vértigo y lo vi correr a las escaleras al tiempo que Ro se asomaba por la puerta de arriba, vestido con su piyama térmica blanca y botas-pantuflas de lana verde y blanca. Yo volteé a ver su cara de asombro y le dije con más calma de la que sentía: 'Ro, parece que ha llegado el momento de migrar a tierras altas'. Él corrió a despertar a mamá mientras yo ayudaba a papá a subir las escaleras corriendo sin resbalarse. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos los cinco (también Jade) en el techo del salón, aferrados a un bote inflable como para hacer rafting, viendo cómo lo último de la planta alta de nuestra casa desaparecía bajo el agua y tratando de dilucidar entre todos cuál sería el mejor momento para agarrar la ola si queríamos aterrizar en el techo de la casa naranja de tres pisos que está atrás de nuestro terreno, en una posición mucho más favorable, casi en la cima de nuestra colina. Yo me preguntaba a mí misma si nuestro vecino dueño de esa casa, al que no conocíamos, sería muy gruñón y podría molestarse de que invadiéramos su propiedad tan agresivamente.
Llovía a cántaros en Bosques del Lago y bajaba un río por Viena 2. Papá, Ro y yo veíamos una película en la cama de papás mientras mamá roncaba en el puff. Como era de suponer, se fue la luz y, como vimos que la tormenta arreciaba y no daba señales de terminar, papá decidió salir a meter la camioneta. Todavía había bastante luz de día, calculo que serían alrededor de las 4 pm. Ro y yo estábamos arrebujados en la cama, pero como papá tardaba más de lo esperado, decidí bajar a ver qué pasaba. Iba a media escalera cuando vi que por debajo de la puerta de la sala empezó a meterse el agua. Era inverosímil, puesto que estamos a media colina, y aunque a veces la calle se inunda mucho, nunca consideré ni remotamente posible que el agua subiera ocho escalones hasta el porche. La única posibilidad es que el lago hubiera crecido tanto que ya nos hubiera alcanzado, y al parecer eso fue lo que pasó, porque el agua no cesaba de subir y ya iba por medio vidrio cuando papá llegó a la puerta con la camisa negra de rayas moradas pegada a la piel, el cabello apelmazado y las botas vaqueras cubiertas de un lodo viscoso. Cuando abrió dejó entrar un torrente que subía a velocidad de vértigo y lo vi correr a las escaleras al tiempo que Ro se asomaba por la puerta de arriba, vestido con su piyama térmica blanca y botas-pantuflas de lana verde y blanca. Yo volteé a ver su cara de asombro y le dije con más calma de la que sentía: 'Ro, parece que ha llegado el momento de migrar a tierras altas'. Él corrió a despertar a mamá mientras yo ayudaba a papá a subir las escaleras corriendo sin resbalarse. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos los cinco (también Jade) en el techo del salón, aferrados a un bote inflable como para hacer rafting, viendo cómo lo último de la planta alta de nuestra casa desaparecía bajo el agua y tratando de dilucidar entre todos cuál sería el mejor momento para agarrar la ola si queríamos aterrizar en el techo de la casa naranja de tres pisos que está atrás de nuestro terreno, en una posición mucho más favorable, casi en la cima de nuestra colina. Yo me preguntaba a mí misma si nuestro vecino dueño de esa casa, al que no conocíamos, sería muy gruñón y podría molestarse de que invadiéramos su propiedad tan agresivamente.
En el metro
En este sueño tan loco había una tormenta tras otra. En casa había conmoción porque Jimena y Ro habían tenido un bebé. Jimena estaba en depresión postparto y Ro hablaba con ella en privado en el estacionamiento, sentados en el interior de la camioneta. Mientras, mamá y yo nos fuimos al metro. Teníamos que hacer unos equipos de performance representativos de algunas estaciones del metro. Incluían danza, teatro y música. Yo estaba en el equipo de Chabacano. Llovía intensamente y todo estaba inundado. Cuando planeamos nuestro performance decidimos que incluiría danza tribal africana, vimos vídeos de lo que habían hecho los equipos representativos antes pero este año éramos menos. En mi equipo estaba Ángel, uno de los chicos de la generación de Ro con el que no me he hablado nunca, pero en mi sueño era mi amigo y persona de confianza. Una maestra que no recuerdo su cara, trato de indicarme como hacer un efecto con los brazos, pero mientras me tenía agarrada, yo di un paso de más y nos caímos las dos de la plataforma a un torrente de agua. Mi primera preocupación es que ella no supiera nadar, pero en cuanto vi que sí sabia, perseguí el tubo de crema de Yves Rocher que tenía en la mano al caer, que iba flotando en dirección a la corriente y seguí nadando en esa dirección hasta poder salir del agua. Todos los brazos que me sujetaban pretendiendiendo ayudarme hicieron más difícil esa tarea, pero finalmente llegué a la rampa de piedras negras que me devolvió a la plataforma. Luego nos fuimos a ver al equipo representativo de Mixcoac. Andresito de LMN estaba en ese equipo. Estaba emocionadísimo de ser el que nos iba a demostrar el avance de su equipo. Habían usado danza tahitiana para darle punch. Vimos el avance con Andrés y tres chicas en falda de paja. Allí me encontré a Amarillo que era el jefe de otro equipo. Ya ven que nunca falta el intensito, no quería en su show nada de danza, solo teatro. Y ponderaba las posibilidades de hacerlo intimista o dieciochesco... aburrido en fin.
Lo siguiente que recuerdo es que papá, mamá, Ángel, Amarillo y yo estábamos en el inicio del andén de Mixcoac, que en mi sueño no se parecía mucho al auténtico andén de Mixcoac, esperando a que el tren llegara unos llevara a nuestras estaciones correspondientes. Venía el tren de la otra dirección, muy lento porque estaba lloviendo, subiendo por una cuesta empinada que era visible desde donde nosotros estábamos parados. Papá en ese momento me estaba preguntando cómo íbamos en el montaje del performance de mi equipo, pero en eso el tren, que se había parado por completo antes de terminar de entrar en el andén, dio un acelerón demasiado impetuoso para el lugar y se descarriló por la mitad justo al lado de nosotros. Yo dije 'se volteó' y mi papá contestó 'no, se está quemando' y entre dos vagones saltó una chispa que rápidamente se convirtió en llamas y todos comenzaron a gritar y entrar en pánico. Yo pensé en que por una vez iba a saber lo que se siente estar en el momento y el lugar que aparecerían en los titulares al día siguiente. Mientras nos alejábamos a paso lento del incendio, escuché vagamente que mi papá seguía presionando sobre que acabáramos el performance y el compromiso que habíamos adquirido, blablabla... yo solo podía pensar en lo absurdo que era hablar de esas cosas en una situación así. Mi papá es muy raro. Entonces explotó la salida del andén y se inició un derrumbe con deslave incluido que nos hizo por fin empezar a correr y saltar por una cortina de fuego y una cascada subterránea. Tras algunos momentos en pasadizos lodosos y amplios llenos de gente apanicada, llegamos a la superficie. Mamá sudaba como suele hacerlo, pero llevaba su videocámara en la mano y lo había capturado todo.
En cuanto recuperé el aliento me di cuenta de que estábamos en una zona arqueológica, que rimero creí que podía ser el Templo Mayor o Cuicuilco, pero luego de observar con detenimiento me di cuenta de que no podía ser, era una de esas zonas mayas que visitamos en nuestro viaje al sureste de 2004 en la cual había una estructura metálica de tres niveles con escaleras, toda oxidada que parecía algo entre el mirador de un guardacostas y un soporte de tinaco. El punto es que Mamá estaba en el segundo nivel, filmando hacia las ruinas y Ángel, Amarillo y yo subimos allí a secarnos al sol, que recién había salido en todo su esplendor, a descansar y a disfrutar de la vista. Me senté en el hueco entre las piernas de Ángel y me perdí en la belleza del lugar y el momento mientras contemplaba en primer plano a Amarillo, brillando a la luz del sol como si fuera de oro, que seguía decidiendo qué estilo usar para su aburrido performance, y de fondo el verde esmeralda del pasto y la vasta selva que nos rodeaba llena de misterios naturales y humanos. Entonces Ángel comentó algo gracioso y los tres reímos. Eso es lo último que recuerdo.
Lo siguiente que recuerdo es que papá, mamá, Ángel, Amarillo y yo estábamos en el inicio del andén de Mixcoac, que en mi sueño no se parecía mucho al auténtico andén de Mixcoac, esperando a que el tren llegara unos llevara a nuestras estaciones correspondientes. Venía el tren de la otra dirección, muy lento porque estaba lloviendo, subiendo por una cuesta empinada que era visible desde donde nosotros estábamos parados. Papá en ese momento me estaba preguntando cómo íbamos en el montaje del performance de mi equipo, pero en eso el tren, que se había parado por completo antes de terminar de entrar en el andén, dio un acelerón demasiado impetuoso para el lugar y se descarriló por la mitad justo al lado de nosotros. Yo dije 'se volteó' y mi papá contestó 'no, se está quemando' y entre dos vagones saltó una chispa que rápidamente se convirtió en llamas y todos comenzaron a gritar y entrar en pánico. Yo pensé en que por una vez iba a saber lo que se siente estar en el momento y el lugar que aparecerían en los titulares al día siguiente. Mientras nos alejábamos a paso lento del incendio, escuché vagamente que mi papá seguía presionando sobre que acabáramos el performance y el compromiso que habíamos adquirido, blablabla... yo solo podía pensar en lo absurdo que era hablar de esas cosas en una situación así. Mi papá es muy raro. Entonces explotó la salida del andén y se inició un derrumbe con deslave incluido que nos hizo por fin empezar a correr y saltar por una cortina de fuego y una cascada subterránea. Tras algunos momentos en pasadizos lodosos y amplios llenos de gente apanicada, llegamos a la superficie. Mamá sudaba como suele hacerlo, pero llevaba su videocámara en la mano y lo había capturado todo.
En cuanto recuperé el aliento me di cuenta de que estábamos en una zona arqueológica, que rimero creí que podía ser el Templo Mayor o Cuicuilco, pero luego de observar con detenimiento me di cuenta de que no podía ser, era una de esas zonas mayas que visitamos en nuestro viaje al sureste de 2004 en la cual había una estructura metálica de tres niveles con escaleras, toda oxidada que parecía algo entre el mirador de un guardacostas y un soporte de tinaco. El punto es que Mamá estaba en el segundo nivel, filmando hacia las ruinas y Ángel, Amarillo y yo subimos allí a secarnos al sol, que recién había salido en todo su esplendor, a descansar y a disfrutar de la vista. Me senté en el hueco entre las piernas de Ángel y me perdí en la belleza del lugar y el momento mientras contemplaba en primer plano a Amarillo, brillando a la luz del sol como si fuera de oro, que seguía decidiendo qué estilo usar para su aburrido performance, y de fondo el verde esmeralda del pasto y la vasta selva que nos rodeaba llena de misterios naturales y humanos. Entonces Ángel comentó algo gracioso y los tres reímos. Eso es lo último que recuerdo.
viernes, 25 de mayo de 2012
La mariposa negra
Creo que esta será una entrada corta. En realidad no fue largo mi sueño. Estaba en casa de mis papás, en mi cama con demasiadas cobijas, leyendo el ladrillote de más de seiscientas páginas que es el último libro de la saga Crepúsculo. Uso una lampara de noche para que las personas que pasan fuera de mi cuarto no vean luz. El miedo empezó cuando oí golpecitos leves en el techo y la puerta del clóset. Prendí la luz con mucho miedo a mirar hacia la dirección del ruido, pero al sonar el golpe sobre mi cabeza me levanté como empujada por un resorte. No había nada a la vista, pero me quedé un rato mirando y escuchando con atención sin atreverme a moverme más. Me vi reflejada en el espejo, me sobé los brazos adoloridos y volví a apagar la luz y leer. Minutos después volví a oír los ruidos y ahora sí vi como dos mariposas negras volaban sobre mi cabeza. Me quedé sin aire por unos momentos, mi impulso fue el de cerrar la boca y tapar mi pierna que se quedo afuera de las cobijas, desnuda. El temblor, el salto y el grito que sofoqué me indicaron que estos bichos me provocan una reacción peor que las arañas. Cuando prendí la luz se escondieron de inmediato, y no fue sino hasta la mañana siguiente que hallé en el interior de un zapato el cadáver de una de esas polillas. Grité de tal modo que desperté.
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