Este sueño resultó con moraleja: los artistas son muy apasionados, es peligroso enredarse con ellos y peor aún entre ellos.
Comienza en una noche en la cual dormí fuera de casa. Me encontré en una situación comprometedora desde el inicio porque me volví el agente intermedio en la cama entre un hombre y una lesbiana. Se trataba de dos compañeros actores, Franco y Jun. No voy a negar que lo disfruté, pero me perturbó en más de una forma. Primera: Franco tiene novia y segunda: yo no soy lesbiana, para andarme dejando tocar por Jun. Pero de las dos alternativas elegí la de él, y me volví en su dirección para toparme con sus labios resecos en un beso discreto y silencioso.
Después de eso tuvimos encuentros furtivos en lugares llenos de gente, con ese particular thrill of the chase que siempre me ha vuelto loca. Nos hicimos amantes. Franco es moreno, muy delgado, pero sólido. Tiene el cabello corto y la cara afilada. Me gusta la sensación de sus costillas bajo la piel, sus brazos fuertes y manos finas. Me gusta como siempre parece querer acercarse pero en público no se atreve y cómo manifiesta en mil maneras su necesidad.
Hubo una fiesta organizada por mí en casa de mis padres. Milagrosamente, como milagros ocurren en los sueños, asistieron a ella todas las personas que invité via Facebook, músicos, pintores, teatreros, etc.
No sé cómo llegué al asiento trasero del Matiz de mi papá, que en mi sueño parecía enorme y espacioso, bajo un domo de acrílico ahumado cubierto de enredadera que revelaba el cielo brillante del atardecer. En los asientos delanteros, dos músicos, amigos de la prepa, discutían ideas nuevas creyendo que yo los escuchaba.
Ellos no sabían que habían perdido mi atención cuando de abajo de un enorme cobertor peludo color café y crema con diseño de flores que estaba junto a mí en el asiento sentí unos dedos finos que me acariciaron brazo arriba y no esperé para sumergirme en besos callados y apasionados en la oscuridad al abrigo del cobertor.
No me dí cuenta hasta tocar su cabello de que no se trataba de mi amante. Algo asustada, retiré el cobertor para mirarlo a la cara y me topé con unos ojos azules en los que me podría ahogar. La persona que tenía frente a mí era un guitarrista llamado Alex, conocido de mis lejanos días de primaria, que en toda su vida no me había siquiera mirado amablemente. Pero ahí estaba intimidándome con esos ojazos, la melena alborotada y la tez pálida y perfecta.
Me dijo "Te amo, quiero que seas mía" sin un ápice de sarcasmo en su voz. Recordé las hermosas canciones dedicadas a sus exnovias que yo le había escuchado cantar y me maravillé al instante de ser la causa de una emoción tan violenta en él. Pensé un instante en Franco y lo mucho que me atrae, pero es solo una aventura, esto es real. ¿Qué más da? Al final el que no arriesga, no gana. Le contesté "Está bien, seré tuya" y me besó de nuevo en una espiral descendente y colorida sin fondo.
En un teatro de Taxco al borde de una escalera de madera había una figura alta de pies grandes envuelta en una cortina de baño rosa con flores verdes. Yo sabía que era uno de ellos, aunque no podría haber distinguido cuál de los dos. Pero me asaltó un deseo irrefrenable de besar a ciegas, y cedí al impulso. No fué hasta unos segundos más tarde que empecé a pensar en las consecuencias de mi acción. Por los labios resecos supe que besaba a Franco, con mi cabeza metida entre los pliegues de la cortina. Sí lo deseo mucho, sí me enloquece, pero Alex me da eso y más. ¿Qué pasaría si se enterara?
Entonces interrumpí el beso asustada. Y después todo pasó muy rápido: la cortina de flores cayó desgarrada al suelo, el fantasma de Franco se disolvió con un doloroso gemido y ante mi vi la temible figura de Alex con llamas en los ojos, más alto de lo que lo he visto nunca. Me llamó puta, me condenó a una vida de soledad, y me dijo muchas otras cosas terribles que creo que preferí ya no recordar. Finalmente se fue, furioso, y azotó la puerta tras él. Yo caí de rodillas llorando sobre la cortina de flores al borde de la escalera de madera.
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