No sé qué locura me dio por saber de qué color son por dentro las pastillas de Clorets. Y se me ocurrió la forma más estúpida de tratar de averiguarlo. Con el cuchillo mediano de la cocina del depa, pretendía partir una pastilla en dos con un solo golpe firme, como quien le saca el hueso a un aguacate. Decidí no sostener el chicle durante la operación para evitarme el riesgo de perder un dedo. Entonces tomé el cuchillo de la alacena y me dirigí a la sala.
Llevaba puestos unos shorts de mezclilla color beige que hace años que no me entraban, pero como ahora soy más delgada de lo que había sido en mucho tiempo y ha estado lo suficientemente cálido el clima para usar shorts en la ciudad, los busqué entre la ropa de verano de mi mamá y me los puse con una camiseta amarilla de tirantes, al fin que no pretendía salir de casa hoy. Andaba descalza. Me senté en el futón, al que recién le cambié la sábana negra de cuadros, que estaba ya muy sucia, por una limpia blanca con amarillo.
Y aquí viene lo bueno. Me puse la pastilla verde sobre el muslo desnudo y tostado por el sol, sin considerar lo peligrosa que era la operación que estaba a punto de hacer, las altas probabilidades de que fallara y las terribles consecuencias que eso traería. Yo estaba segura de que lo podía hacer sin lastimarme. Levanté el cuchillo y me decidí. Entonces todo pasó como en cámara lenta: mientras el cuchillo bajaba tuve un atisbo de duda: ¿Y si no puedo? Pero ya era tarde para detener el movimiento violento con el cual el cuchillo chocó contra la capa dura de confitado verde del chicle, el cual se deslizó hacia un lado sin dejarse cortar y salió proyectado contra el escritorio de madera frente a mí. Luego vi como mi piel se doblaba cuan flexible era sin ceder a la hoja del cuchillo que, después de todo, no estaba tan bien afilado. Pero después el filo topó contra un obstáculo más sólido: mi fémur. Y en ese momento las dos ondas que había formado mi piel a cada lado del cuchillo se alisaron, y en un instante que pareció eterno pude ver el arma metida en mi pierna sin sangre alrededor.
Después todo se aceleró tanto que no supe ni cómo me puse en pie con la pierna insensibilizada y el cuchillo metido hasta el tuétano en medio de un charco de sangre que cubría la alfombra, el futón, mi ropa... No podía sentir el dolor, pero sí percibí el hierro de mi sangre alrededor mío antes de recuperar la conciencia.
Sin duda la forma más fácil de saber si un Clorets es verde también por dentro es morder una mitad e inspeccionar la otra.
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