domingo, 15 de abril de 2012

Dos estrellas del fútbol

Esta es una entrada sobre dos sueños ya algo viejos, pero que dejaron un recuerdo muy marcado, como si de verdad hubieran pasado. Los dos datan de alrededor de noviembre-diciembre de 2011. En ese tiempo yo era asidua seguidora de varios deportes, porque mi papá pasaba la mayor parte de su tiempo en cama viendo tele y si yo quería estar con él tenía que sumergirme en su mundo. Por lo tanto comencé a hacerme seguidora de las carreras de Fórmula 1, el fútbol de la liga europea y la NFL principalmente.
Mi papá sigue al Checo Pérez en la F1, pero ese día particular que yo llegué a preguntar la carrera llevaba dos horas de retraso por lluvia y la lucha por el primer puesto estaba muy cerrada entre Vettel, el alemán que siempre gana y Jason Button, un inglés con más experiencia que le hace la vida muy difícil. La carrera estuvo muy emocionante en cuanto reanudó y al final Button ganó por mucho y yo me hice su fan. En la liga europea mi papá sigue al Barca, pero yo no puedo mas que ser hincha del Manchester United, porque en él juega Chicharito, que ha sido el héroe de la selección nacional desde que me enteré de su existencia. Y finalmente en la NFL compartimos afición por los Green Bay Packers, que en ese tiempo estaban jugando como nunca y tenían la ventaja indiscutible de toda la liga. De todos los deportes que veíamos, éste es mi favorito, porque me apasiona de tal modo que leía todas las noticias sobre la liga que podía encontrar.
Dadas estas circunstancias, no me sorprende haber soñado lo que soñé.
El primero de mis dos sueños futboleros memorables consistía en que yo era nada menos que la novia de Aaron Rodgers, el quarterback de los GB Packers, el cual me llevaba a la Universidad del Sur de California al homenaje que se hacía en su honor.
Él vestía impecablemente de traje negro, camisa blanca, corbata de rombos con los colores de la universidad, y se veía guapísimo, alto e imponente.
Me pidió que lo esperara al fondo de la tienda de regalos, junto al acceso de Solo Personal Autorizado, se acercó al mostrador, charló con una asombrada cajera de la dulcería y volvió con un refresco, y un jersey femenil de los Packers con su nombre. Luego me acorraló contra la pared entre sus poderosos brazos y torso. Me dijo que me amaba, que los homenajes eran para él como una tortura, y que seguramente me iba a extrañar en el escenario. Yo no pude sino aconsejarle que disfrutara su tiempo en el escenario, haciendo de cada momento un instante especial. Luego me dio un beso de despedida antes de irse por la puerta que estaba a mi derecha.
Parte de su escolta se quedó conmigo y me llevaron a la primera fila del auditorio de la universidad, pero no justo al frente del escenario, sino en un costado de la tarima que, a modo de pasarela, serviría al evento con el telón cerrado.
Cuando empezó el homenaje, el rector de la universidad presentó en inglés a la gran estrella de fútbol que había traído los laureles a la universidad después de haber sido seleccionado quinto en su generación, sorprendiéndolos a todos gratamente.
Entonces de la abertura del telón surgió mi novio con la corbata en la cabeza, la camisa desabotonada hasta la mitad dejando ver su formidable musculatura y sin pantalones ni zapatos, además de bastante despeinado. Sus bóxers eran azul marino con resortes grises y sus calcetines negros con rombos dorados. Traía en la mano un micrófono y se puso a hacer chistes a diestra y siniestra a un desconcertado publico que se preguntaba qué estaba pasando. Muchos creyeron que estaba borracho, pero por un guiño que me hizo al verme supe que no era así, sino que estaba siguiendo mi consejo de hacer de cada experiencia escénica un momento memorable.
Luego hablo de su inspiración y de la mujer a la que dedicaba sus victorias. Pidió un aplauso para mi y se soltó a cantar "Anything you want, you got it" de Roy Orbison, con una voz clara y dulce, como un arrullo y me pidió que subiera al escenario con él.
Pero cuando me tendió la mano para invitarme a subir, cientos de fanáticos descontrolados que surgieron de las filas detrás de mí le jalaron el brazo, la camisa, y subieron al escenario a envolverlo en cinta amarilla de precaución hasta hacerlo un ovillo y lo sacaron en hombros por la abertura del telón, sin que su escolta o yo pudiéramos hacer nada para evitarlo.
Cada día desde que tuve ese sueño, siento que tengo un vínculo especial con él. Cada victoria suya la siento como propia, y cuando leo algo de el me parece escuchar su voz de nuevo.
El domingo de la semana en que soñé esto los GB Packers perdieron el invicto contra los KC Chiefs en un partido que yo no pude ver pero lo seguí obsesivamente en mi aplicación de iPod. Poco tiempo después estaban en los playoffs, pero yo conseguí un trabajo en domingo que me impedía ver los partidos y justo el domingo en que empecé a trabajar, Green Bay y mi amado Aaron fueron eliminados por los NY Giants.
El segundo sueño fue protagonizado por Javier Hernández, alias "el Chicharito". Empieza una mañana tibia en un hotel cinco estrellas de Guadalajara. Yo fui allí de vuelo con mi papá y él estaba entrenando con la Selección en aquella ciudad.
Nos encontramos en el lobby bar, un pequeño oasis aislado detrás de un cristal grueso que lo separaba del ruidoso lobby dorado y rosado todo de frío mármol. El bar tenía mullidos sillones de gamuza color caramelo. Había un particularmente cómodo love seat en el que yo leía despreocupadamente bebiendo un martini, mientras él me observaba desde el asiento de al lado. Me hizo una pregunta que ni siquiera escuché bien porque estaba demasiado inmersa en mi libro como para aceptar interrupciones. Quise hacerle saber lo inoportuno que me parecía su comentario. Lo miré directamente y me shockeó por un segundo la belleza de sus ojos y la franqueza de su sonrisa (y me pareció que él lo notó), pero creo que debido a la distorsión de la cámara, no lo reconocí como la estrella de fútbol que yo seguía. Discutimos unos minutos durante los cuales él parecía divertido y atónito a la vez de que yo no lo reconociera. Yo me enojaba cada vez más por su insistente sonrisa que me parecía irritante. Finalmente su curiosidad venció a su diversión cuando me preguntó "¿De vedad no me reconoces?". En ese momento lo miré bien y me quedé muda de asombro pero a él pareció encantarle mi consternación. Me invitó una copa, me preguntó sobre mi vida, mis gustos, el teatro y luego me preguntó si podía acompañarlo a cenar. Todavía algo apenada le dije que eso era poco probable, puesto que tendría que discutirlo con mi padre.
Cuando los presenté tuve que esforzarme mucho por no reírme de mi papá, al que casi se le fue la quijada al suelo cuando vio quien le pedía permiso para llevarse a su hija a cenar. Se fueron aparte a discutir un rato y yo me quedé a observar, ya que temía que no congeniaran y mi papá me impidiera salir con él. Pero mis temores resultaron infundados porque desde lejos pude ver sus gestos y darme cuenta de que, al igual que yo, mi papá estaba encantado con él. Volvió con una gran sonrisa diciendo que era el mejor futbolista con el que ha hablado y que por supuesto que podía llevarme a donde quisiera. Es más, incluso me llevó a comprar un vestido blanco vaporoso y escotado y zapatos altos bonitos que estuvieran al nivel de mi cita.
Finalmente llegó la hora y bajé al lobby luciendo tan radiante que todos me voltearon a ver cuando salí del elevador a reunirme con él, que ya me estaba esperando vestido con un traje gris plata y con su más cálida sonrisa.
Lo tomé del brazo y me sentí enrojecer intensamente ante las miradas de todos. Aún así me concentré en sentir la suave seda de su traje y con un poco de esfuerzo sonreí y le pregunté casualmente "¿A dónde vamos?". Fue enorme mi sorpresa cuando me condujo de nuevo al elevador y me dijo confiado "Al Penthouse".
Durante el largo viaje en elevador, de nada menos que 35 pisos, fui incapaz de mirarlo a los ojos. Me había quedado lívida de angustia cuando contemplé las posibles implicaciones de aceptar un rendez-vous en privado con él. Mis manos sudorosas estaban tan apretadas que tardé en darme cuenta de que arrugaba la manga del fino traje. Pero una vez más mis miedos resultaron vanos.
Al llegar a la cima me quedé simplemente sin aliento al encontrarme con una sala rectangular decorada en cada esquina con jarrones en pedestales de bronce llenos de botones de rosa blancos y rojos mezclados por igual. En el centro del saloncito había un pequeño comedor de caoba con servicio para dos y al fondo una vista increíble de Guadalajara al atardecer.
Me senté aún temblando y contemplé como él me servía el vino en silencio. Finalmente se decidió a hablar y en su voz noté que estaba al menos tan nervioso como yo. Primero trató de hacerme un cumplido "Es increíble que puedas llegar a verte más hermosa que en la mañana". Yo no pude responder. Luego titubeó antes de hacer una broma sobre el ambiente tenso que se sentía "Yo creí que iba a ser el más nervioso en la cena, pero definitivamente tú me ganas por mucho". En ese momento me di cuenta de que no había peligro inmediato que me amenazara, respiré profundo y traté de relajarme, respondiendo con una sonrisa tímida a su comentario.
Entonces todo enloqueció (sí, aún más). Se arrodilló y sacó ante mis ojos como platos un anillo de platino y diamantes que me ofreció al tiempo que me pedía que fuera su esposa. Dijo que ya sabia que era una locura proponérmelo el mismo día en que me conoció pero que el era creyente del amor a primera vista y que nunca le había pasado así. Dijo que sabia que yo sentí lo mismo, que mi papá estaría de acuerdo, que sería el fin de los problemas económicos de mi familia y que incluso me podía salir de trabajar.
Durante todo este discurso miré intensamente en el interior de sus ojazos verdes en los que me podría perder y noté la sinceridad de sus palabras y mi corazón latiendo en mis oídos hasta que su voz tímida y casi infantil calló y yo sentí que me ahogaba en la emoción que, afortunadamente, halló salida y estallé en llanto. Él no supo cómo interpretar mi reacción y se quedó unos segundos eternos confundido, arrodillado frente a mi, el brazo tendido con el anillo entre sus dedos. Después sus ojos verdes también comenzaron a humedecerse cuando preguntó "¿No quieres?".
Yo comencé una torpe apología intercalada con sollozos y suspiros de que sí me parecía una locura, de que no me casaría por dinero y de que nunca querría abandonar el teatro sin importar quien ni como o por qué me lo pidiera. Mientras yo hablaba él se levantó, me dio la espalda y lentamente caminó hacia el ventanal con un ligero estremecimiento que sacudía su cuerpo con cada frase que yo decía.
Llegó hasta el ventanal y miró hacia el crepúsculo en silencio hasta que yo paré de hablar, y finalmente volvió su cara hacia mi para preguntar "¿Todo esto significa que no sientes lo mismo?" Y su carita de ángel con la puesta de sol sobre la ciudad de fondo y lo desgarrador de su sentimiento ablandaron lo que quedaba de mi resistencia y me obligaron a ceder al impulso del momento y correr a consolarlo. Me lancé en sus brazos y así me quedé llorando refugiada en su pecho en un abrazo muy largo, aspirando su perfume mientras él acariciaba mi cabello. Luego dije "Sí te amo" y él contestó "Entonces cásate conmigo, en los términos que tú quieras, pero por favor no rompas mi corazón, yo sé que eres la indicada."
Tras esas palabras alcé la vista y me permití perderme en sus ojos verdes brillantes de agua y sol, durante un segundo interminable antes de que el sol coloreara de dorado mis párpados en un beso tierno que selló mis labios.
Y ese fue el fin del sueño, creo que nunca le dije que sí. Y también creo que estos sueños pueden ser resultado de leer demasiadas novelas rosas.

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