Ahora tengo la sana costumbre de despertarme a las 7am para trabajar en mi tesis. Pero hoy no lo conseguí. Dormí dos horas más y eso me dio tiempo de tener dos sueños. El primero de ellos se desarrolló en casa de mis papás, en la mañana siguiente de la cena de año nuevo.
Como ya es tradición jugar el Rose Bowl en la calle frente a la casa, esta vez invitaron a los Gallos del Comercio (equipo para el que jugó mi papá cuando era joven) a jugar para nosotros.
Llegaron en camionetas blancas que decían que de acuerdo con las autoridades gringas, los gallos del comercio ahora entrenan en las instalaciones de una escuela en Monterrey, NL.
Se estacionaron en el jardín triangular frente a mi casa, entre los magueyes. Diana, Yolomy y yo nos subimos a una de sus camionetas para resguardarnos del sol y desde allí verlos calentar, haciendo pases.
Mientras los observaba me di cuenta de que en sus cascos traían impresas al revés las letras y el logo del equipo.
Cuando uno de ellos se acerco para buscar su casco noté que no eran ni muy guapos ni muy brillantes y enseguida perdí el interés por ellos. Charlaba con mi tía Coty y con Lulú, la vecina, cuando estallo una disputa en la calle a mis espaldas. Resulta que los miembros del equipo de basquetbol división A del CEL, generación XXXIV (en el que mi hermano jugó en su tiempo) estaban reuniéndose allí para celebrar su partido de reencuentro y peleaban el espacio con los gallos. El capitán del equipo era Luis Ernesto. Yo estaba feliz de volverlo a ver tras tantos años. Lo llamé para platicar y me llevó al autobús en el que llegaron. Dijo: 'me gustan estos camiones' y yo le contesté 'a mi también porque me traen infinidad de buenos recuerdos'. Observé con atención el camión. Cada fila tenía cuatro asientos del lado derecho del pasillo y dos del izquierdo. Los respaldos estaban forrados de terciopelo azul marino. En eso llamaron a Luis Ernesto y me quede sola en el vehículo. Me pregunté si tenía baño y, al dirigirme hacia el fondo para averiguar, descubrí que cada asiento era un retrete. Quise probarlos, pero en el momento de hacerlo se acercó un profesor. Yo bajé corriendo y saludé torpemente, esperando que nadie notara la travesura que hice por ahí de la sexta o séptima fila.
Entré corriendo a casa donde encontré a mamá, todavía vestida con la ropa de la cena pero ya despeinada, muy atareada limpiando unas manchas de lodo del piso. Comprobé que mis zapatos no trajeran lodo y corrí escaleras arriba. En el cuarto de mis papás habían dos camas, todas rebosantes de niños, algunos de los cuales estaban vestidos como gemelos. Todos veían la tele. Yo me puse a cantar como Sor YeYe y todos empezaron a seguirme. Y allí estaban Luis Ernesto e Idalia, Yolomy y Diana, y sonó el despertador.
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